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El río rojo vuelve a su cauce

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El río rojo vuelve a su cauce

Mensaje por Narrador el Mar Oct 23, 2012 9:48 am

El final de la cacería
Muerte de Alastor

Las huestes del traidor comenzaron a salir de sus madrigueras; cada uno rezumando la misma putrefacción que aquel que los guiaba. La prole de Hueco Mundo se adentraba en las fauces del desierto, habiéndose divido en varios grupos con el fin de coger al traidor por varios flancos. El sol abrasador y los ánimos cada vez más caldeados, hicieron que las tropas infames del palacio blanco dieran con los aperitivos con un hambre voraz.

Ardiente y suculenta sangre comenzó a bañar la blanca arena del desierto cuanto más descarnado se hacía el combate. Un presagio de destrucción y caos se oteaba en el aire caldeado por el hambre, el odio y la furia; golpes desagarradotes, brotes de rabia incontrolable y muerte fue el rastro que, aquellos que había respondido ante la llamada del traidor recibieron en un vacuo intento por contener a los fracciones y arrancars fieles a Marcus. Las temidas y no poco escandalosas huestes de Alastor dejaron una profunda marca en aquellos que cargaron frente a ellos, pero no lo bastante grande como para refrenarles el paso. Algún herido, muchos muertos enemigos y el ansia voraz palpitando en el pecho.

Con el resguto de la sangre aún en lo boca, continuaron la marcha hacia la guarida de Alastor. Los salientes rocosos se vislumbraban en la lejanía mientras la jornada seguía su inexorable curso. El aire ardiente ya olía a muerte.

Reunidos bajo la tenue sombra de las rocas, los fracciones y arrancars restantes marcharon contra el traidor, quien, había aguardado para enfrentarse a los supervivientes y darles caza. Pero las presas no estaban demasiado a favor de dejarse comer. Demasiada ira acumulada, demasiado odio en el aire y el hambre de guerra y venganza apretándoles las entrañas. Pese a la fuerza descomunal del traidor, la lucha no tuvo cuartel. Muchos murieron en aquel risco escarpado, otros fueron devorados y algunos, quizás los más fuertes o lo más desequilibrados, consiguieron salir a flote. Fuera el instinto de supervivencia o quizás, el impulso incontenible que los movía a matar por encima de su propia vida; aquella fuerza primordial y asesina que impulsaba la más abstracta locura.

Alastor luchó como un titán enfurecido, un muro de puro músculo que aguantaba cuanto le venía encima. Los arrancars más débiles terminaron sus oscuros días habiéndose convertido en puré de vísceras y sangre, mientras que los demás, liberaban sus resurrecciones en un intento irracional por terminar con la carnicería y sajar la cabeza de aquel demonio gigantesco. Tajos y garras se lanzaban a por él, mortales; algunas hendían la carne, otras eran repelidas con la misma facilidad que un niño le cortaba las alas a una mariposa. Conforme los pequeños de Hueco Mundo iban mermando, las fuerzas de los fracciones se centraban en ataques más certerezos, más precisos. La bestial lucha de golpes que buscaban la muerte rápida de Alastor, se convirtió en un macabro juego de esquivas y puñaladas que hacían que la mole fuese convirtiéndose en una marioneta de un espéctaculo dantesco. Cortes en los tendones, en puntos de carne blanda, articulaciones y huesos astillados; pronto la mole de músculos y rabia, no tardó en convertirse en un saco sanguinolento.

La virulenta fracción de la tercera, agitando sus tentáculos se agazapó junto al cuerpo agonizante del traidor, clavando sus infames garras en la roca con la misma facilidad que si fuera blanda arcilla. Su ojo, azulado y recubierto de venillas rojas e inflamadas, se clavó como un aguijón sobre el moribundo. Un rugido gutural y dantesco brotó de su garganta, alzando una garra sobre su cabeza que, de un golpe grotesco separó la cabeza del cuerpo. Revirtiendo a su forma humana, la fracción alzó la cabeza ante los presentes.

Iba a ser un trofeo maravilloso.

Como fuere, el traidor acabó en un charco de sangre de su propia cosecha. El tumor que había originado Hueco Mundo agonizaba mientras era observado por aquellos que alguna vez quizás, fueron sus compañeros. Sin embargo, entre hienas no hay camaradería. Cualquiera de aquellos podía morder la mano que lo alimentaba y devorarlo ante la más minima provocación. Las habitantes de aquel desierto de blancas arenas no eran lobos, eran buitres corruptos y ponzoñosos a la espera de que una presa más débil diera un traspies, mientras se cebaban con la idea de poder devorar algún día a la cabeza de aquella ficticia manada. El trabajo en manada no existía, era una cruel lucha por sobrevivir.

Y el traidor, ya muerto lo había comprobado.

Las huestes, mucho menos numerosas regresaron al palacio blanco. Los lobos de la Sexta Sección pululaban revueltos por los pasillos, aullando tristemente mientras el rastro de sangre de los recién llegados pasaba inadvertido. La cabeza del traidor estaba siendo paseada por los interminables pasillos, como prueba de su irrefutable muerte, dejando tras de sí un rastro de sangre oscura.

-Malditos cachorros chillones… ¿Qué demonios pasa? –masculló la fracción de la Tercera Sección, molesta por el ruido que aturdía sus sentidos-.

-En seguida los mando callar, mi señora –se apresuró Ayatsuru en añadir, aún sujetándose el vientre en un esfuerzo por evitar que se le salieran las tripas; pese a ello, conservaba esa sonrisa sardónica propia del bufón-.

Sin embargo, el mayordomo no tuvo que andar demasiado. Los perros de la Sexta salieron de la sala principal con noticias a sus espaldas. Su incursión al mundo humano no había salido tan bien como hubiesen deseado. No había presa shinigami, ni sangre que manchase los filos de sus armas, nada salvo la tensión palpable en las auras. El olor a sangre y el denso silencio, hicieron que al instante todo fracción y arrancar que lograse mantenerse en pie se dispusieran a buscar que alteraba la habitual calma del palacio.

El traidor había muerto… Y Marcus, había desaparecido.


Última edición por Narrador el Vie Nov 02, 2012 9:02 am, editado 2 veces


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Re: El río rojo vuelve a su cauce

Mensaje por Narrador el Miér Oct 24, 2012 8:53 am

Luna Sangrienta
El Señor de Hueco Mundo... Desaparecido


Una oscura figura surgió inesperadamente de uno de los balcones de El Amanecer, arrojándose al vacío. Los cuervos blancos que volaban cerca de su trayectoria retrocedieron entre graznidos, erizando las plumas. Imperturbable, prolongó unos interminables metros su caída antes de desplegar un par de alas acartonadas, que batió silenciosamente a pesar de su vasta longitud. De forma grácil, la figura interrumpió su descenso y, deslizándose sigilosa a través del aire, rasgó los ajados velos de nubes y se internó en la oscuridad que rodeaba las torres dominantes del palacio.

Desde lo alto del corredor superior el gélido viento mordía la carne y azotaba los cabellos y la tela de los uniformes con tal violencia que parecía pretender arrancarlos. Las ruinas medio devoradas por el desierto apenas se distinguían como puntos insignificantes desde aquella altura, y la foresta de cuarzo del Bosque Menos se delineaba pobremente en el horizonte.
Las siluetas de los soldados aparecieron en el pasillo cinco minutos después de que les hubiesen llamado. Una pálida sombra descendió planeando y se posó en la balaustrada de mármol, encorvada. Enseguida replegó las alas y dió un ligero salto para aterrizar sobre la terraza con un rumor sordo. Su mirada se paseó entre los presentes.

¿Y EL AMO?— preguntó con una voz grave y algo hueca, potente.

Sus ojos se encontraron con dos pequeños pozos helados que le estudiaron de forma minuciosa. No pudo leer ninguna emoción en ellos.

Ya viene. Ocupa tu puesto.

Obediente, invadió el hueco que quedaba libre de las dos filas dispuestas a ambos lados del pasillo, ignorando el escozor del frío en los ojos. Las escasas aves que revoloteaban por la zona se mantenían a cierta distancia de ellos, sin atreverse a quebrar aquel silencio opresivo con sus chillidos.
De pronto todos los Arrancar que se encontraban en el escasamente iluminado corredor se doblaron al unísono en una sobria reverencia.

Marcus atravesó lentamente la espaciosa galería. Sus pasos resonaban firmes, regios, y su esbelta figura, rodeada de sombras vacilantes, ofrecía cierto aspecto sobrenatural. Pasó entre sus hombres sin inmutarse, como si a sus ojos fueran todos invisibles, y continuó impasible hacia sus aposentos.
Durante las horas siguientes, mientras las corrientes de aire amontonaban la arena contra los impolutos muros del palacio y las Espadas de Marcus libraban batalla en el desierto, la guardia de la Sección 0 permaneció custodiando los pasillos que daban acceso a las estancias del Amo de Hueco Mundo.

-----------------------

Aquí y allá, las capas más superficiales de arena se retiraban, revelando los cuerpos cubiertos por las ropas blancas o grises que ayudaban a diferenciar el bando por el que habían luchado, otros desnudos tras haber liberado la resurrección. No quedaban demasiados con vida. Los vencedores, con sus espadas bañadas en sangre, se paseaban entre los agonizantes para ejecutar al enemigo que todavía respiraba o al compañero que no sería capaz de volver a luchar.
Las fuertes ráfagas de viento habían alzado una cortina densa y cenicienta que apenas dejaba ver nada a través de ella, pero el brillo de la luna todavía se distinguía, lustroso como un barniz rubí, entre al aire viciado y la espesa polvareda que hacía escocer los ojos. Klauss había perdido todo sentido de la orientación y del tiempo hacía rato. Se limitaba a seguir avanzando entre los bultos temblorosos, hundiendo la punta de Miseria en cada corazón débil que encontraba. Demasiado aturdido, demasiado fatigado como para poder pensar.

Habían ganado.

Las imágenes de la batalla cayeron sobre él, veloces, confusas. No recordaba en qué momento se había separado de su grupo, de Hideyori Taira y la pequeña de su Sección, Erzsébet. No pudo encontrarlos después de que todo terminara, ni tampoco sabía de la suerte que había corrido Yoel.
Allí, sobre aquella blanca desolación, todo le parecía un sueño.

Se llevó una mano al costado izquierdo y hundió los dedos en la herida que le empapaba aquella zona del uniforme, convenciéndose de lo real que era su dolor. Respiró profundamente aquel aire seco y salobre, reprimiendo una mueca. Luego se aferró aún con más fuerza a su espada y continuó deambulando, hasta que uno de los Arrancar caídos llamó su atención.
Estaba bocabajo, pero el desorden de aquellos cabellos rubios y cortos era inconfundible. Klauss se acercó y la empujó con el pie hasta darle la vuelta. Estaba lívida como un muerto, pero respiraba.

Lain— la llamó suavemente, acuclillándose frente a la mujer y dándole pequeños golpes en las mejillas con el dorso de la mano—. Elayne.

Algunas chispas saltaron de la Arrancar y aguijonearon al cuervo como toda respuesta. Quitando la pequeña herida que él mismo le había causado en el labio, parecía estar entera, aunque agotada.

Volvemos ya al palacio— informó un Arrancar a los que estaban por la zona. Klauss no supo darle un nombre a aquel rostro, pero recordaba habérselo cruzado antes—. Cargad con los heridos que todavía puedan ser útiles y poneos en marcha.

Con más o menos prisa, fueron obedeciendo. Tras un momento de duda, él mismo cargó con Elayne al hombro y siguió a los demás. El peso de la joven y su propia herida le hacían ir un poco lento.

Las nubes de arena se apartaron un poco cuando el viento arreció. Algunos seguían teniendo fuerzas para hablar entre susurros cansados sobre lo sucedido, pero Klauss no les estaba prestando atención. Se detuvo y escudriñó el cielo con los ojos entrecerrados.
Por una vez, el reservado cuervo fue incapaz de callarse.

¿Qué diablos es eso?

-----------------------

Por unos segundos que se arrastraron como horas bajo el umbral de la puerta, los soldados de la Sección 0 que habían estado montando guardia en los pasillos contuvieron el aliento. Aterrados, furiosos, impotentes, gradualmente fueron conscientes de lo que había sucedido.

Pero... ¿Cómo? ¿Cómo es posible?

Incluso sabiendo que era inútil, habían entrado en la habitación y buscaron, buscaron en cada rincón y detrás de cada puerta, apartando los muebles, comprobando que el seguro de las ventanas estuviera echado. Nada. No encontraron nada. Ni una sola señal que hiciera sospechar lo que había sucedido.

¡Maldita sea! Que alguien me lo explique. Que alguien me ayude a entender cómo ha podido ocurrir algo semejante. Estábais justo ahí delante, algo habréis visto. ¡No me ignores, Nathaniel! —. Pero el Arrancar le había dado la espalda y estaba llamando a gritos a sus subordinados, histérico, mientras los demás barrían la estancia y sus alrededores— ¡Deja de dar voces! Vas a alertar a todo el mundo, estúpido. ¿No eres consciente de lo que está pasando?

Claro que lo era. Precisamente había sido uno de los primeros en abalanzarse sobre la puerta en cuanto Siagyo dió la voz de alarma. Entendía perfectamente la situación. Valdemar, en cambio, estaba más preocupado en guardar la discreción, cuando el rumor ya habría corrido como la pólvora.

¡Eres tú el que parece no darse cuenta! Si vas a limirarte a estar de brazos cruzados lárgate y déjanos trabajar— escupió, volviendo el perfil unos segundos para clavar su pupila en el otro, con la implícita amenaza de apuñalarle si continuaba atosigándole a preguntas. Después caminó hacia los soldados que acudieron a su llamada. Valdemar gruñó por lo bajo al vislumbrar a lo lejos algunos curiosos que no terminaban de decidir si acercarse o no. Ajeno a esto, Nathan ya estaba dando órdenes—. Enviad inmediatamente un cuervo blanco al Mundo Humano. La Sexta Espada y sus Fracciones deben regresar. ¿Qué hacéis ahí parados? ¡Os he dado una orden!

Estos agacharon la mirada, atemorizados. Pero no se movieron.

Señor... ¿lo que dicen es cierto? ¿El Amo...?

El irascible Nathaniel no le dejó terminar. Enterró la mano en el vientre del raso y le extrajo los intestinos con un tirón enérgico, arrojándoselos a las aves mensajeras, que se precipitaron en un revuelo loco hacia el banquete. Mientras el cuerpo se desplomaba en mitad del pasillo, el Arrancar de la Sección 0 fué hasta el festín de sangre y vísceras y agarró a uno de los cuervos albinos por el cuello.
Naunet, una mujer de tez tostada y cabellos negros como la brea, se había acercado al percibir el alboroto y recogió al pájaro gentilmente de las manos de Nathan para llevárselo a los otros rasos a los que su compañero había dado la orden.
Su voz era tan dulce como la muerte durante el sueño.

Avisen a la loba de que se ha organizado un motín en el palacio. No hagan más preguntas— se anticipó, al ver la expresión confusa de sus rostros. Finalmente y tras una reverencia, se retiraron.

La luna, conspiradora, saludó desde un jirón negro del cielo, antes de que la bruma volviera a engullirla. Por un momento sólo se escuchaba el ruído de los cuervos peleándose por las entrañas.

¿Qué vamos a hacer?

Justo ahora, cuando todas sus Espadas y Fracciones se encontraban entretenidas luchando contra Alastor o los shinigamis. Justo cuando eran más vulnerables. No cabía duda de que había sido algo totalmente premeditado. ¿Por cuánto tiempo habrían estado urdiendo el plan esos bastardos?

El Amo Marcus ha desaparecido. Ha sido secuestrado y no hemos podido hacer nada, pese a que estábamos aquí para protegerle— dijo Nathaniel lentamente, sintiendo que la rabia le recorría las venas como si fuera ácido—. Ni siquiera hemos podido ver cómo ha ocurrido ni quién ha sido. No podemos hacer nada.

Todos, en silencio, se pusieron a recordar.


La luz de la luna ardía ante sus ojos, hinchada como un globo que fuera a estallar, atiborrada de sangre. Su resplandor rojizo era tan intenso que por un momento imposible llegaron a creer que estaba amaneciendo en Hueco Mundo. Lenta pero inexorablemente, como si empujasen desde atrás, una nube realmente enorme, oscura como un enjambre de murciélagos, veló el astro hasta sumir al polvoriento desierto en una casi absoluta oscuridad. Por espacio de unos segundos solamente pudieron mirar hacia el cielo, sin comprender qué sucedía. Todo aquello tenía algo de hermoso y horripilante a la vez.
Entonces, algo parecido a la hoja de una espada al rojo vivo o una cascada de fuego descendió en picado y cubrió por un instante el edificio de El Amanecer, cegándolos cuando el blanco de los muros reflejó la brillantez de aquella cosa que ardía con las luces del infierno.
Al ser capaces de abrir los ojos todo había vuelto a la normalidad. En un acto reflejo alzaron las cabezas hacia el edredón negro del cielo. La luna volvía ser tan blanca como el hueso de sus máscaras hollow.

Siagyo les sobresaltó con un grito horrorizado. Les costó descifrar lo que decía. Realmente, fue otro sentido el que les hizo comprender qué era lo que no andaba bien.
El reiatsu de Marcus había sido borrado de la zona.

Salieron disparados hacia la única entrada de las habitaciones. Nathaniel y Kiril chocaron contra las sólidas hojas al mismo tiempo; la puerta retumbó, abriéndose de par en par hacia adentro a causa del impacto.
Tal y como temían, no encontraron a Marcus en su interior.



No podemos quedarnos de brazos cruzados, señores. Ustedes lo ven tan claro como yo, sin necesidad de que ninguno sea profeta: En cuanto corra la voz de que el Amo Marcus ha desaparecido nuestros propios soldados se alzarán contra todos nosotros. Es nuestro deber mantener el orden y evitar que se imponga otro Señor en Hueco Mundo. Conserven la calma. Somos los protectores de El Amanecer hasta el regreso de las Espadas.

Uno a uno asintieron con gravedad ante las palabras de Naunet. Tras un saludo silencioso, fueron a prepararse para el inminente derramamiento de sangre.


Lejos, muy lejos de allí, un solitario cuervo de plumaje níveo emergió de las profundidades de una garganta. Ledeó la cabeza, curioso, mientras sus perspicaces ojos recorrían aquel extraño y colorido mundo de cemento. A pesar de que aquel lugar conocido como Karakura llamaba su atención debía darse prisa.
Tenía un mensaje muy urgente que entregar.


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Re: El río rojo vuelve a su cauce

Mensaje por Narrador el Jue Oct 25, 2012 8:08 am

Tras el cuervo blanco
Hueco Mundo Espera

El combate no estaba resultando como Chris había esperado, demasiados enemigos (incluso para él), inventos de los demonios y una figurilla que acababa de caer en manos de un shinigami de cabello castaño y aire altanero. Con parte de su atención puesta aún en la chica de los artefactos, tomó una decisión: iba a ir a por esa muchacha y si de paso se llevaba a un par de esas cucarachas, por su sangre que así sería. Con un brillo sobrenatural en aquellos ojos tóxicos suyos observó a la pelirroja que seguía jugando con sus burbujitas e hizo un único gesto: un duro asentimiento, a continuación la sustancia que lo acorralaba empezó a resquebrajarse, como si se tratase de un cristal, el reiatsu de la silenciosa fracción siguió subiendo aún un poco más, lo suficiente como para dejar claro que no era ningún aficionado. Cuando aquel cachivache de los dioses de la muerte pasó a ser un recuerdo, con una mano se deshizo de los fragmentos rosados que aún quedaban adheridos a su traje y se llevó un dedo a los labios para después moverlo de izquierda a derecha frente al rostro de aquella que había querido encerrarlo, como si se tratase de un hollow recién salido del cascarón. Llevó la mano a la empuñadura de su espada, la letal Centinela Oscuro cuando algo llamó poderosamente la atención de sus ojos de felino, un destello blanco. Lo ignoró, era perfectamente capaz de hacerlo y centrarse únicamente en lo que tenía delante, iba con su forma de ser, aunque el brillo níveo volvió a repetirse hasta tres veces y no puedo seguir obviándolo, mucho menos cuando descubrió lo que era, se trataba de un cuervo blanco, un mensaje desde El Amanecer. Chasqueó la lengua, claramente malhumorado y observó a los allí reunidos, esta vez se saldrían con la suya. Malditos shinigamis, todos ellos.

Observó por última vez a la pelirroja, no estaba dispuesto a olvidarla, pues había osado intentar ponerlo en evidencia. Le regaló una significativa mirada a modo de despedida y empezó a desplazarse a toda velocidad hacía aquel curioso destello mediante unos sonidos que encadenó para llegar lo más rápido posible. Sólo la señora Okami se encontraba ya allí, con el rostro crispado y una energía a su alrededor que no deparaba nada bueno, aunque el mosquetero se mostró dichoso, no iba a pagarla con él de momento, debía descubrir antes de qué se trataba todo aquello y porqué habían interrumpido su cacería. Chris hizo una respetuosa reverencia y aguardaron la aparición del correcto Folk y el curioso Yoel. Fue entonces cuando el mensaje se hizo público y, sin lugar a dudas, no eran buenas noticias. Durante el macabro juego que había llegado a cabo la sexta sección más el agregado, el caos se había cebado en Hueco Mundo, al parecer los impetuosos arrancars habían comenzado a pelearse y a sembrar el pánico en la blanca edificación. Aunque aquel animal albino no daba demasiadas pistas, lo que quedó claro para todos fue que debían regresar al palacio de las arenas en cuanto les fuera posible. “Una sublevación” pensó Chris para sus adentros mientras emprendían el camino de regreso.

No hizo falta que la espada despegase los labios, Renoir la conocía lo bastante como para saber en que estaba pensando, porque era lo mismo que campaba a sus anchas por su castaña cabeza: “don Marcus”. Veloces como el pensamiento, los cuatro se dirigieron a la vez al punto de encuentro, que prometía estar listo para ellos, y se reunieron allí. El portal hacía Hueco Mundo parecía una boca abierta, unos enormes labios descarnados que les invitaba a entrar a la mayor brevedad posible y que cruzaron sin pensárselo dos veces. Apenas hubo conversaciones mientras lo atravesaban, sólo algún comentario suelto entre Alexander y la señora Okami y la consiguiente respuesta de Yoel. El asesino francés no dijo nada, se contentó con seguir hacia delante, siempre hacia delante, hasta que la consistencia del suelo cambió. La dura piedra del pasadizo que unía ambos mundos se convirtió en suave arena y fue el cielo oscuro de su dimensión el que los acogió de nuevo.

A pesar de la cantidad de energía que ello conllevaba, se esforzaron al máximo para tardar lo menos posible en su carrera por las desérticas inmediaciones. Los primeros gritos les recibieron a las puertas de la fortaleza y los cuatro penetraron en ella, la situación era una auténtica locura, la anarquía se había convertido en la nota predominante y los fuertes estaban cazando a los que aún no habían podido desarrollar su poder. El antaño blanco edificio estaba teñido de rojo y no podía dejar de ser inquietante, enseguida conocieron la razón de todo esto. Uno de los arrancar de la sección 0, un tal Kiril, apareció frente a ellos, su largo y liso cabello rubio, casi albino, presentaba algunas de sus zonas bañadas en sangre y estaba pálido como la cal viva. Incluso el único ojo que se le veía, pues el derecho estaba cubierto por un parche, parecían un huracán, a diferencia del cinismo que lo solía embargar. De ahí que no pudiese esperar más para decir lo que sabía.
- Okami sama, Yoel san, Folk san, Renoir san- soltó, respirando con dificultad- Marcus dono ha desaparecido.


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Re: El río rojo vuelve a su cauce

Mensaje por Narrador el Vie Oct 26, 2012 8:18 am

Algo va mal
Volviendo de la batalla contra Alastor


Ninguna batalla en Hueco Mundo suponía un paseo de rosas para ningún arrancar, pero aquella había resultado ser especialmente dura. Aunque su Pasajero Oscuro había disfrutado escuchando al sinfonía de la carnicería, el melodioso emanar de la sangre y de los gritos y aullidos de agonía, ahora le tocaba al magullado Karatoraba volver a la realidad de “El Amanecer”. Junto a él viajaba el resto de la expedición, algunos peor parados que él, otros apenas dañados y con algún que otro caído en batalla. Ahora la paz le aguardaba.

No podía imaginar, claro, que el dantesco panorama que le esperaba en el castillo arrancar supondría el sangriento postre a aquella velada para su alter ego.

Si algo apreciaba Karatoraba de “El Amancer” era su quietud. Notable sobre todo cuando salía o volvía a él, el arrancar del sombrero de paja disfrutaba del silencio que de él fluía, en contrapunto al susurro incansable y los gruñidos por doquier del Desierto de blancas arenas. Pero aquel aciago día, el infierno del exterior parecía haber penetrado las altas y angostas murallas, concentrándose entre ella, haciéndose fuerte. Karatoraba no podía dar crédito a sus oídos.

— Algo va mal. —
indicó a su compañía. Y con su gesto y Sonido acució al resto.

Tras cruzar los muros, el paisaje que les esperaba se antojaba tan improbable que hasta Karatoraba optó por levantar levantar su máscara y usar sus ojos, porque no podía dar crédito a lo que su oído observaba. El caos se había adueñado de la fortaleza arrancar. Miembros se esparcían por doquier, la sangre dibujaba macabras figuras sobre el lienzo de las blancas superficies de “El Amanecer”. En el interior del otrora seguro castillo se había llevado a cabo una cruenta batalla. Nada ni nadie parecía haber logrado poner orden allí frente a la anarquía, ¿o quizá algún enemigo exterior había conseguido franquear las defensas arrancar y acabar con todos ellos? “Imposible”, pensó Karatoraba, “la rebelión fue exterminada junto a Alastor”, se dijo, aunque no estaba muy seguro en qué creer.

Junto a una pila de escombros, un arrancar agonizaba, arrastrándose, alejándose de aquella locura instintivamente. En el interior del castillo la batalla parecía aún continuar. Karatoraba se acercó a éste y desenvainó su wakizashi con la zurda, pero pronto lo retornó a su saya: ni la más portentosa regeneración arrancar podría salvarle la vida a ese pobre desgraciado.

— ¿Qué ha pasado aquí?

— Huíd, huyamos... — masculló.

El arrancar era un personaje menudo y, seguro, de bajo poder espiritual, pues había sufrido las más graves consecuencias de lo que sea que estuviera ocurriendo allí.

— ¿Qué ha pasado? — repitió, perdiendo la calma.

— Se extendió un rumor... Marcus-sama... desaparecido. — La vida se le iba con la voz. — Después de eso sólo... sangre y dolor.

En una mueca de horror, el arrancar expiró. Karatoraba se irguió, pero continuó cabizbajo. Sabía que con la ausencia de Taira debía tomar las riendas de las funciones del Noveno y era bastante obvio que necesitaban apoyo, refuerzos para acabar con aquella locura.

“El Amanecer” podría parecer un lugar sosegado, dominado por la disciplina, pero no era más que un nido de bestias. Tanto monstruo concentrado en tan corto espacio constituía una auténtica bomba, presta a estallar. Marcus era el único capaz de impedir que esa mecha se prendiera, ya sea por el respeto que algunos le tenían o el miedo que inspiraba en otros muchos. Con la desaparición de éste había sucedido lo inevitable, que los que gustan de la muerte y el sufrimiento intentaran defender su supremacía sobre el resto. La jerarquía, junto con el Espada 0, había desaparecido y su hogar se había convertido en una verdadera jungla.

— Debemos actuar rápido para detener esto. — exclamó, volviéndose hacia los que habían llegado con él que, a esas alturas, ya habrían llegado a las mismas conclusiones que él. — Me encargaré personalmente de intentar contactar con los Espadas y Fracciones que aún sigan en pie. Los necesitaremos para parar esta masacre. — indicó. — El resto tratad de encontrar a alguien cuerdo y luchad contra los amotinados para detener esta locura. Marcus-sama nos necesita.

“Allá donde esté”. Bajó el trozo de hueso que tapaba sus ojos y se orientó hacia el Noveno Escuadrón, donde podría contactar con los ya mencionados. Dejó el grupo en un Sonido y se colocó sobre un tejado:

— Haz caer la noche, Niebla.

Su cuerpo cambió, pero antes de que alguien pudiera notarlo, la neblina de “El Silencio de la Noche” lo recubrió, silenciándolo a él y a su reiatsu. Esta niebla se contorneó y fluyó al interior de una ventana, dentro de la cual Karatoraba desapareció.


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Re: El río rojo vuelve a su cauce

Mensaje por Narrador el Mar Oct 30, 2012 8:56 am

Diestra. Siniestra
Recuento de bajas


El trabajo administrativo en Hueco Mundo tendía a ser un desastre. No contaban con una Cámara con 46 mequetrefes que no hiciera más que incordiar ni había Arrancar tan ordenados como los pedantes del Octavo Escuadrón de la Sociedad de las Almas. Por eso, cuando hubo que hacer un recuento de cómo había quedado del bando de Marcus tras los recientes acontecimientos y después de socavar cualquier intento de rebelión nadie quiso encargarse de aquella tediosa tarea. Como no podía ser de otro modo en el blanco edificio del Amanecer, hubo hasta peleas entre los soldados por no querer encargarse de aquel asunto que suponía un trabajo extra que nadie parecía interesado en hacer. Finalmente los Arrancar de la Sección Cero se hicieron cargo de la labor y ésta recayó sobre el ruso tuerto, Kiril Lébedev. Nunca se le habían dado bien esos asuntos, pero decidió encargarse de aquello.

Estaba seguro que aquel trabajo le reportaría grandes beneficios, de ahí que durante días se dedicase a pasear por las diferentes zonas con la carpeta en los brazos y una sonrisa de suficiencia pegada a los labios. No siempre era bien recibido y en ocasiones algunos de los ocupantes de las diferentes Secciones no estaban muy contentos con sus indagaciones, pero al final siempre conseguía lo que se proponía, siempre había sido así. En unas semanas tuvo una idea de cuantos faltaban y pese a su particular carácter no pudo más que maravillarse, puesto que eran muchos los que habían pasado a la lista de desaparecidos. No sólo eran Arrancar del montón, la mayoría de las Fracciones y Espadas que no habían vuelto a dar señales de vida.

Haciendo cuentas, y usando unos términos comprensibles para todos habían quedado ‘cuatro gatos’ y así lo evidenciaba la lista que había confeccionado: dos espadas y una Fracción, era realmente aterrador. Aunque siendo la monstruosa Scatha una de ellas, el peliblanco no dudaba que pronto habría otra fracción revoloteando por allí, aquella mujer daba un miedo horrible y nadie se negaría a hacer lo que ella ordenaba, estaba seguro. Apretó la mano y se fijó en los otros dos nombres: Chris Renoir, la silenciosa Fracción de la Sexta Sección y Yoel, el líder de la Séptima. Apretó la pluma entre los dientes y volvió a mirar los dos nombres, una Fracción huérfana y un Espada sin mano derecha, la solución estaba clara.
Si querían continuar siendo lo que siempre habían sido los habitantes de Hueco Mundo debían reorganizarse y con casi todas las secciones vacías, el mejor modo de hacerlo era mediante una reunificación estricta y absolutamente necesaria. Sería mucho más difícil para los caóticos arrancars que para los disciplinados shinigamis hacer este tipo de cosas. Pero situación desesperadas, exigen medidas desesperadas. Sonrió con malicia y tomó un trozo de papel en blanco, con su caligrafía más bien ruda hizo dos columnas, una a la izquierda y otra a la derecha. En la primera de ellas colocó a Scatha y escribió la palabra Fracción con un interrogante debajo de ella. A la derecha puso a Yoel y a Chris Renoir lo colocó como su segundo de a bordo.

Observó lo que había escrito a izquierda a derecha, a derecha e izquierda, a diestra y siniestra. Si, Scatha era realmente siniestra. Quizás llamar a las nuevas secciones ‘Diestra’ y ‘Siniestra’ no fuese mala idea, arqueó las cejas y paso al siguiente tema, los Arrancar rasos, tampoco eran muchos, de manera que los repartió equitativamente en ambas secciones. Era interesante, francamente interesante. Tapó la pluma con la que había estado escribiendo, tomó sus papeles y se dirigió a la Sección Cero, donde compartiría lo que acababa de hacer, se acabaría saliendo con la suya, así era la vida.


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El río rojo vuelve a su cauce

Mensaje por Narrador el Vie Nov 02, 2012 9:01 am

El río rojo vuelve a su cauce
Reconstruyendo Hueco Mundo e investigando la desaparición de Marcus

Sabiendo que debía haber alguna relación entre el ataque de los rebeldes a las órdenes de un Alastor regresado de entre los muertos y la desaparición de Marcus, ambos eventos sucedidos con escasa diferencia de tiempo, las Secciones de El Amanecer no tardaron en buscar respuestas.
Trabajaron activamente para lograr dar caza y erradicar las colonias de insurgentes ocultas en la inmensidad de Hueco Mundo, desde los refugios camuflados entre los arenales hasta las madrigueras que ahondaban el terreno rocoso y yermo de las montañas más allá del Norte. Descubrieron que las comunidades más numerosas habían nacido de la unión de diferentes clanes. Algunas alianzas se forjaron gracias al pacto entre sus líderes, mientras que otras provenían del dominio al que las facciones más fuertes sometían a los miembros supervivientes del territorio que se habían adueñado.

Si bien no estaban unidos por conceptos como la lealtad o el afecto, la amenaza que suponía tener que exponerse en solitario a los peligros que originaba el cruel infierno blanco que era el desierto los convirtió en un enemigo temible y, para su sorpresa, bien organizado. Los rebeldes, exiliados y desertores, unidos por la necesidad de sobrevivir, presentaron dura batalla. A diferencia de los soldados de El Amanecer, que gozaban de la supremacía de Hueco Mundo y la relativa seguridad que ello implicaba, tenían poco que perder y todo por ganar.
No se lo pusieron fácil a las Secciones que, sin Marcus, trabajaban como las patas de una araña a la que le faltara la cabeza. Cada una tiraba en una dirección distinta, movida por sus propios intereses. El momento más crítico fue aquel en el que en los mismos pasillos y salones del palacio de El Amanecer se engendró una encarnizada batalla, mérito de la buena organización de los invasores y el brillante trabajo de los espías que no lograron detectar a tiempo. Si bien el bando rebelde no llegó a capturar el edificio el encuentro se prolongó durante días y ocasionó múltiples desperfectos en las instalaciones, así como una pérdida importante de la información y los trabajos almacenados en los ordenadores, archivos y laboratorios de las Secciones de Investigación y Logística. Finalmente las Espadas, con la ayuda de sus subordinados, lograron recuperar el control y acabar con los asaltantes.

A pesar de las heridas sufridas las Secciones aprendieron mucho gracias a este ataque. Marcus había sido hasta entonces la cabeza que pensaba por ellas y transmitía las órdenes que debían cumplir, y sin él, habían caminado medio a ciegas, estorbándose las unas a las otras durante su errático avance. Bajo la mirada vigilante de los oficiales de la Sección 0, que actuaría como mediadora entre las demás en caso de conflicto, las Secciones mutaron su estructura y redujeron su número a sólo dos.
Fue un periodo de cambios y mucha mano dura tras un reordenamiento tan radical del paradigma de El Amanecer. Ahora además, no bastaba con que los soldados fueran fuertes y disciplinados, también fueron educados para temer las consecuencias de la traición. Sin nada que envidiar a la crueldad de los viejos tiempos, se castigó brutalmente hasta el más leve indicio de desobediencia o deslealtad.
Los Arrancar, que siempre se habían distinguido por cierto grado de independencia, debían dar un paso más a la hora de trabajar en conjunto si deseaban ver cumplida su venganza, aunque para ello tuvieran que sufrir la lección en sus propias carnes.

Unidas por su determinación, las nuevas dos Espadas de Marcus, sus manos Diestra y Siniestra, continuaron trabajando vigorosamente con el fin de descubrir la verdad que había tras el secuestro de su Señor, pero a medida que Diestra iba acabando con los clanes de rebeldes, uno por uno, no encontró pistas que pudieran arrojar algo de luz sobre el caso. La Sección Siniestra, decidió entonces seguir la investigación por otros derroteros, trasladándose al Mundo Humano e incluso llegando a infiltrarse en la Sociedad de Almas con el objetivo de averiguar algo útil. Esto solamente es conocido por los miembros de la Sección 0 y las Espadas pues, recelosas tras tantas traiciones, decidieron administrar a cuentagotas la información otorgada a sus subalternos.

Si bien su número se ha visto considerablemente reducido debido a las disputas por la hegemonía de Hueco Mundo y los nuevos programas de reeducación, el bando Arrancar, liderado por las sobresalientes Espadas de Marcus, se distingue como una facción poderosa que ha ido extendiendo su dominio y crueldad durante la búsqueda que no cesa de su desaparecido líder.


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