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Solo, de la noche a la mañana. Solo entre la multitud.

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Solo, de la noche a la mañana. Solo entre la multitud.

Mensaje por Shihōin Katō el Dom Nov 18, 2012 3:10 pm


DOBLEMENTE HERIDO

Salto Temporal



“Aun cuando alguien, eventualmente, debe elegir un lado, la moneda siempre continuará teniendo dos, incluso aunque te empeñas en elegir siempre cara. Decida lo que decida la diosa fortuna, eso nadie lo cambiará.”

______________________________________________


— Baja inmediatamente eso.

Hacía mucho, muchísimo tiempo que Tora no se veía desprovisto de su saya. Su afilado ápice, además, llevaba un largo periodo también sin amenazar a nadie. Y nunca, que la perezosa mente de la zanpakuto recordase, había sido usado para intimidar a alguien a quien su portador juró defender.

— Cómo… ¿cómo has podido? — musitó.

Sólo el sollozo, desde un lateral de aquel encuentro, y proveniente de la inconsolable mujer del amenazado, hizo a Kato doblegar su brazo y dejar caer su arma. El metal contra la madera del piso profirió un sonido sordo que pronto se apagó.

— Te creía capaz de todo, pero esto… esto. — Su mirada irradiaba odio.

El tintineo del metal, por unos segundos, fue lo único que se escuchó en la sala. Las lágrimas que rebosaban de su tiznado rostro campaneaban la hoja que instantes atrás apuntaba a la garganta de aquel repugnante ser. Dio uno y dos pasos por encima de su zanpakuto y elevó su dedo índice, señalando entre los ojos al centro de su ira.

— Como vuelva a verte inmiscuyéndote en los asuntos del Gotei, te aseguro que ni madre me detendrá la próxima vez.

Tora volvió al reposo de su funda. No se pudo decir lo mismo de la hoja de la puerta y su bastidor, que tras el portazo no podría cerrarse nunca más, al igual que la herida que Kato y su progenitor habían abierto en la familia Shihoin.

····································································

El escándalo de la Cámara de los 46, su intento de golpe de estado y la oposición férrea y unánime del Gotei a éste, había noqueado al heredero de Clan Shihoin. Sin tiempo a poder prever tal ataque conjunto, sin tiempo a bloquear o esquivar tan dispar ofensiva, Kato se vio sorprendido por sus dos francos y herido doblemente: como shinigami y como noble.

Distancia fue su respuesta. Distancia entre él y el resto del mundo. Apenas veía a su familia, mucho menos a su padre. Con su prometida, si es que aún podía ostentar aquel rango, mantuvo las distancias también. Casi no la veía, salvo en reuniones conjuntas del Gotei, nunca a solas. El compromiso nunca fue para él una promesa estable, pero ahora más que nunca lo rechazaba con estoicidad. Tenía que hablar con ella algún día y ponerle fin a aquel sin sentido. Pero, al fin y al cabo, nunca habían hablado de ese tema, ni cuando se veían a diario.
Aoki se dedicó por completo a la difícil campaña de salvar la vida del Sotaicho. Sakurai había desaparecido tras los hechos del Cuarto Escuadrón. Y Chiesa, como él, cargaba con más peso del Gotei de lo que sus inexpertos hombros podían aguantar sin, por el camino, descuidar alguna amistad.
Tras las tragedias que azotaron la Sociedad de Almas, el Shihoin se había visto, sin verlo venir, completamente solo.

Se fue centrado poco a poco en su trabajo, ceñido en cargar con el peso que, aunque repartido entre los pocos líderes que aún conservaba el ejército Shinigami, seguía siendo muy denso. Su vida personal se fue apagando, intentando evitar los conflictos internos, aquellos que lo habían vapuleado tiempo atrás. Se recluyó entre las cuatro paredes de su despacho, en darlo todo por el Gotei ahora que, sin el Comandante, más necesitaba de aquellos pequeños sacrificios personales. Había veces que ni el propio Kato se reconocía con semejante actitud y responsabilidad.
Tantas desgracias en tan corto periodo de tiempo lo habían hecho cambiar un poco, lo suficiente como para que su entrega en sus labores burocráticas se hicieran tanto o más notorias que sus quehaceres como shinigami.

Luego de la desaparición del Comandante, habiéndose alejado de su familia por motivos más que evidentes, intentó entregarse a su Escuadrón, a la nueva sangre que, aunque con cuenta gotas, iba llegando a su pequeña armada. Pensó que rodeándose de desconocidos, tomando a ratos las responsabilidades docentes de intentar mejorar el kido de los de su División, podría sentirse menos solo. Comenzó organizando partidas al Rukongai para enfrentarse a los monstruos de Hueco Mundo que cada vez eran más numerosos y osados. Aparte de exhibir su dominio en las Artes Demoníacas, aprovechaba la ocasión para dar consejos, enseñar algún que otra técnica o perfeccionar los conjuros de sus subordinados. Pensaba que, centrándose en lo que más amaba de las artes shinigamis podría despejar su mente de preocupaciones.

Un día, en uno de aquellos entrenos, se sorprendió soltando tan violenta reprimenda a un joven iniciado, que el pobre había roto en lágrimas por la presión y el Capitán a duras penas se dio cuenta. Desapareció en un shunpo y, esa tarde, nadie lo volvió a ver.
No se había reconocido y, ahora que echaba la vista atrás, fue reflexionando y visualizando, uno tras otros, diversos momentos en los que su vivaracha personalidad había demostrado inicios de agriarse. Estaba de mal humor siempre, sin motivo aparente y, lejos de ocultarlo y mejorarlo entre los jóvenes shinigamis de su escuadrón, lo estaba dejando escapar. No quería, no se iba a permitir infligir tales sensaciones a sus shinigamis, por lo que decidió sin pensarlo dos veces que no volvería a comandar ninguna partida. Éstas siguieron, pero dirigidas por oficiales. Él, durante esos ejercicios, se encerraba en su despacho o tras los enormes tomos de hechizos en el laboratorio, o, simplemente, desaparecía.


····································································

— ¿Has visto al capitán? — preguntó una voz inquieta.

— Negativo. — contestó, en tono burlón, el otro. — Está…

— ¿En el Rukongai? — se antepuso el primero. — ¿Sólo?

— ¿Acaso le ha permitido a alguien acompañarle alguna vez? — Sólo entonces levantó la mirada del papel. — Y por lo que cuentan, mejor que nadie lo haga.

····································································


— Hado 88. Shiryū Gekizoku Shintenraihō.

Un destello azul eléctrico rasgó el cielo, borrando las constelaciones que dibujaban la gran bóveda negra, en esa oscura noche de luna nueva. El rumor de pasos, extremidades que se arrastran, gruñidos y chirridos cesó tras un gran estruendo. El paisaje cambió para siempre.

Si había algo bueno en la repentina explosión demográfica de los hollows en los alejados distritos del Rukongai era, precisamente esa: que había hollows a montones. Antaño aquellos seres se adentraban con reticencia, en pequeñas escaramuzas y a menudo solos. Ahora eran demasiados y, o bien competían por la presa en una jauría desenfrenada, o bien se organizaban en manadas para cazar. Sea como fuere, los enormes cuerpos de tales monstruos ocupaban vastas extensiones, lo que los convertían en objetivos perfectos para las Artes Demoníacas de Kato.
Esas visitas al Rukontai en solitario se habían convertido en la perfecta terapia del Shihoin para descargar tensiones y liberar tanto odio acumulado, tan impropio en su cuerpo que para nada a gusto se sentía con él. El paisaje quedaba irreconocible, pero ningún pluso habitaba aquellas tierras. Por otro lado el método era sumamente eficaz. De un plumazo eliminaba hordas enteras de hollows de bajo nivel, mucho mejor método de exterminio que ir cazándolos uno a uno.

Aquella noche se había internado en el Distrito Zaraki, en una zona tan desolada que ni vegetación crecía. De no ser por el amarillento aspecto del yermo terreno, podría jurar que se encontraba de nuevo en el Desierto de Hueco Mundo, combatiendo desde la lejanía a esos monstruos a gran escala, como en la Guerra. Rememorar aquellos tiempos le llevó a acordarse de Karaiko, de su ausencia tras la batalla y del descubrimiento más tarde de su cadáver cerca de aquella zona, precisamente. Tanta impotencia le sobrevino que decidió dejar el kido por hoy.

Bajó su brazo, aún en ristre por su anterior hechizo, y cerró ambos puños con fuerza. De ellos comenzó a brotar su reiatsu en forma de pequeñas descargas eléctricas que conformaban su shunko. Desapareció en un shunpo. Sobre un enorme, aunque torpe, espécimen hollow apareció y dejó a la fuerza de la gravedad actuar para atacarle. Su puño quebró la gran máscara que tapaba la cara del monstruo de aspecto simiesco, como si de cáscara de huevo se tratase. Volvió a desaparecer mientras su enemigo se desvanecía y apareció frente a otro para descargar la fuerza de su shunko en sus piernas sobre la siguiente máscara a destruir. Paso Instatáneo, golpe, y un nuevo shunpo. Viajó por toda la zona destrozando cuantos hollows pudo hasta que se hastió. Parado en el centro de una vasta mancha de cuerpos inertes que desaparecían poco a poco, Kato respiró profusamente, recuperando el aliento.


····································································

Era el vigésimo haori que destrozaba aquel mes. Recorría las calles del Rukongai, de vuelta a su escuadrón, con la cabeza gacha y dejando un rastro de la masacre acontecida tras de sí. Salvo que alguien lo reconociera, no sabrían que se trataba de un Capitán, aunque sí lo harían shinigami. El estandarte blanco que simbolizaba el más alto cargo que podía ostentar un dios de la muerte en el Gotei se había reducido a un par de jirones que colgaban de sus hombros cual pañuelo. El negro del uniforme y el rojo, tan oscuro como la misma muerte, se entremezclaban a lo largo y ancho de su figura. Su mera visión despertaba repugnancia entre los transeúntes. A veces incluso algo de miedo, o eso podría decirse tras los ahogados gritos de unas cuantas damas de dudosa reputación.
“¿Qué ha sido esta vez?” se preguntaba Kato, intentando hacer memoria. “¿Un cero… entrañas ácidas de algún condenado monstruo?” Pronto desistió en seguir encadenando pesquisas. Lo único claro es que debía buscarse un nuevo haori a la vuelta.

Un bostezo se despertó en su boca y llevó su mente hacia su zanpakuto. Hacía más de una semana que no hablaba con Tora y más de una luna que ni siquiera la invocaba. Aunque perezosa hasta extremos insospechados, siempre había supuesto un gran pilar de la voluntad del Shihoin. Durante la Guerra supuso un fiel compañero de penas y desgracias, un gran apoyo en momentos de flaqueza, pero ahora era distinto. Apenas la sentía y cuando lo hacía parecía más cansada y adormilada de costumbre. Desde la desaparición del Comandante parecía haber perdido fuerzas.

— Todo el Gotei ha perdido fuerzas. — musitó, mientras las luces del Seireitei iluminaban su mancillado rostro.

No tenía intención de mostrarse en tan deplorables condiciones a ningún colega shinigami, menos a algún subordinado, por lo que desapareció en un Paso Instantáneo tan rápido que pocos ojos en la Sociedad de Almas habrían podido seguir. Sólo una sensación detuvo su hoho, un reiatsu más que conocido le había plantado cara.

Frente a él, una silueta delicada y torcida le cortaba el paso. Su ralo cabello, cano, casi blanco, estaba recogido discretamente tras su nuca. Las arrugas, en el gesto que su honorable rostro mostraba, parecían más profundas y oscuras que de costumbre. Kato podría haber culpado a la escasa iluminación de la zona de no haber sentido como hervía aquel anciano reiatsu en su interior.
Tras un par de ademanes dubitativos, el Shihoin continuó su marcha, acercándose al viejo soldado del Gotei. Éste no hizo una mueca, ni siquiera un gesto, sólo lo continuaba mirando fijamente a los ojos con aquellas pupilas vacías que tanto inquietaban al Capitán.

Antes de que Kato pudiera articular un comienzo de saludo, el flaco brazo del anciano surcó el aire. De un revés, cruzó la zarrapastrosa cara del capitán, sin mediar palabra. El peliblanco lo miró con ojos desorbitados, pero los de [Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo] se mantuvieron como antes del golpe: impasibles. Lo habían golpeado garras, máscaras, zarpas y puños esa noche, pero nada dolió tanto como la caricia de su viejo amigo.
El anciano metió la mano del delito bajo la manga de la otra extremidad y giró sobre sí, desapareciendo lentamente, sin la menor prisa, frente a los incrédulos ojos del Shihoin.

— Acuérdate de darle las gracias, algún día, de mi parte. — habló Tora. — Si hubiera podido, habría hecho lo que él mucho tiempo atrás.

····································································

Dos escuadrones. Si aun con la impagable ayuda de Isono y destinando toda su concentración a la dirección del Quinto había acabado tan vapuleado, ahora el cargar dos Divisiones sobre sí sólo podría auspiciar tormenta. Pero algo había zarandeado los cimientos de su mismísima alma. Algo tan nimio como esa extremidad, decrépita y moteada por la edad, había agitado su ser entero, recomponiendo las piezas del rompecabezas de su mente en el proceso. Voluntad y ánimos renovados, la reunión de Capitanes, donde el Comandante en funciones, el antiguo teniente del Primero, había decretado los cambios discutidos en el Gotei, había transcurrido como la seda y, por primera vez en muchos meses, había logrado lucir esa sonrisa que tanto le gustaba vestir.

Aquella fría mañana plantó frente a su futuro, Makoto; pisando fuerte el presente y dejando a su espalda el pasado, tan aciago. Mucho debía aún enmendar, mucho tiempo de absentismo, muchas miradas esquivadas y muchas sonrisas borradas por curar. Mucho tenía que hacer para recuperar al Kato que tanto orgullo había despertado en sí mismo.

Y con una mano a la mejilla del golpe, sonriendo, recordando, dio el primer paso de tantos hacia el interior del nuevo camino que se habría frente a él.


Hablo - Pienso - Narro - Zanpakuteo

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Shihōin Katō
¿Me juzgas por las apariencias? No deberías, pues mi aliado es el Kidō, y un poderoso aliado es...

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