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El Escuadrón del Honor

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El Escuadrón del Honor

Mensaje por Kobayashi Hayato el Miér Nov 21, 2012 7:14 am

Cinco años.

Cinco años habían pasado desde la gran batalla de Hueco Mundo; cinco años desde que Tsukiho Raho-taichou muriera y el Séptimo Escuadrón fuera prácticamente aniquilado; cinco años de que una generación de tenientes imberbes e inexpertos, entre los que se contaba, debieran asumir una responsabilidad que les estaba grande y convertirse en capitanes, por el bien de la Sociedad de Almas; cinco años que se echaba todas las mañanas un haori blanco sobre su uniforme de shinigami; cinco años... y todavía no se había hecho a la idea.

Al principio había sido poco menos que un infierno. Ni siquiera había tenido tiempo de llorar a Tsukiho-taichou y sus compañeros caídos y tan prosaicamente abandonados en las llanuras de Hueco Mundo, pero las amenazas no dejaban de sucederse. Los arrancar habían estado más activos que nunca después de la batalla y las defensas de la Sociedad de Almas se habían demostrado un coladero. Agobiado por la velocidad de los acontecimientos y por la necesidad de demostrar que estaba a la altura, se había comportado como un perfecto idiota. Se había alejado de todo el mundo, tanto de los miembros de su propio escuadrón como del resto de capitanes, había dejado que se le agriara el carácter y había tenido más de una rencilla, con otros capitanes y con algún teniente, en público.

Cuando lo pensaba con detenimiento, se sentía morir de vergüenza. En un mundo ideal habría dimitido de su posición y se habría apartado de la función pública, tal vez para terminar sus días como maestro de armas de algún escuadrón, o del hijo de algún noble, pero la Sociedad de Almas no era un mundo ideal, y, en la situación en la que habían quedado las cosas después de la Gran Batalla de Hueco Mundo, necesitaba a todos los capitanes que quedaban. Incluso a él.

Con el tiempo, sin embargo, todas las heridas curan. Poco a poco, con perspectiva, fue dándose cuenta de la magnitud de sus errores. Había tratado de estar a la altura de su predecesor, de ser un digno sustituto de Tsukiho Raho... Y nadie podía sustituir al Capitán Tsukiho. Y él menos que nadie. Tsukiho Raho había sido un shinigami excepcional, un gran capitán y el mejor mentor que podría haber deseado, pero no se parecía en nada a él. Raho había sido fuerte, estricto, severo y, según la opinión de muchos, un completo imbécil. Hayato no tenía nada de todo eso. No podía ser Tsukiho Raho. Hayato era, simplemente, Hayato. Hijo de sirvientes, con nombre de sirviente... La capitanía se le había hecho una bola de nieve tan enorme que había amenazado con sepultarlo para siempre. Y tal vez así habría sido, de no estar la Sociedad de Almas necesitada hasta del último hombre.

Sin embargo, toma mucho más tiempo reparar un daño del que cuesta hacerlo. A lo largo de los años siguientes, Hayato trató de volver a ganarse la confianza de compañeros y subordinados, algunas veces con más éxito que otras. Reconstruyó como pudo el Séptimo Escuadrón, aunque nunca pudo restaurarle la gloria perdida. Incluso cinco años después, las ausencias eran demasiado notorias y dolorosas. Muchos shinigamis habían salido desde entonces de la Academia, pero la juventud no podía reemplazar a la experiencia. La actividad del escuadrón era constante, con entrenamientos e incursiones sin descanso para curtir a los nuevos y formar de nuevo el espíritu de grupo que les había salvado del completo exterminio en Hueco Mundo.

Pronto quedaría claro que iban a necesitar de todo aquel entrenamiento. Más hollow que nunca estaban entrando en la Sociedad de Almas. Por supuesto, ellos no eran el verdadero enemigo, pero, si no podían ni siquiera tener bajo control los hollow que aparecían en unos y otros puntos del Rukongai, ¿cómo iban a hacer frente a la verdadera amenaza que suponían los arrancar? Por otra parte estaba lo que fuera a que se hubiera enfrentado el Comandante Koyuki... Y las amenazas parecían venir desde dentro, también. La debilidad del Gotei había atraído a los inevitables buitres: la Cámara de los 46 ya había expresado públicamente su voluntad de hacerse con el control de los Trece Escuadrones. Al menos algo tenía que agradecerles: gracias a ellos los capitanes por fin se habían puesto de acuerdo en una manera de resolver los problemas de cadena de mando que existían en el Gotei. Se optó por remodelar los escuadrones, pasando de trece a siete, de manera que no quedaran escuadrones sin capitán. O al menos en teoría, pues el Escuadrón Jin nacería huérfano después de que Murakami Aoki abandonara sus funciones para dedicarse en exclusiva al tratamiento del Comandante. No pasaba un día sin que Hayato no deseara que su sacrificio valiera la pena y ambos pudieran reincorporarse al servicio lo antes posible.

Lo cierto era que, sin el Comandante, y con la Cámara de los 46 conspirando para quedarse con el botín, los capitanes debían ser más fuertes que nunca. Toda la estructura del Gotei, todo lo que habían construído, caminaba por el filo de una espada. Un paso en falso y todo estaría perdido: si se tambaleaban hacia un lado, los arrancar aprovecharían la oportunidad para lanzar su nueva ofensiva sobre el Mundo Humano y la Sociedad de Almas, con un desenlace más que incierto; hacia el otro, los Siete Escuadrones se arriesgaban a perder su independencia y convertirse en un instrumento más de las familias nobles en su interminable lucha por el poder.

La fusión del Séptimo con el Décimo había dado luz al Escuadrón Meiyo. A Hayato le complacía. El Escuadrón del Honor, encargado de la batalla a gran escala y la defensa de la Sociedad de Almas. No tardaría en descubrir, para su pena, que el Décimo estaba incluso más mermado que el Séptimo: tras cinco años sin capitán y con un teniente en paradero desconocido, el Décimo apenas era una sombra de lo que había sido. Hayato redobló los entrenamientos, resuelto a atajar aquella situación tan rápido como fuera posible y a levantar de las cenizas de aquellos dos escuadrones uno nuevo, un verdadero escuadrón, fuerte y unido, que mereciera su nombre. Un escuadrón para restaurar el Honor de la Sociedad de Almas.
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