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A la larga, la máscara se convierte en el rostro

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A la larga, la máscara se convierte en el rostro

Mensaje por Kawasumi Hotaru el Dom Nov 18, 2012 5:04 pm

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Atravesó las calles despacio, desiertas a esas horas tan avanzadas. Sólo alguien demasiado valiente, estúpido o desesperado se atrevería a pasear sin compañía durante la noche cuando una niebla de aquella magnitud se arremolinaba en los callejones. Se preguntaba en qué categoría se le podría incluír.
Se detuvo. Las ventanas de una taberna próxima brillaban con la luz trémula de las velas, y el fragor de las voces y gritos de los borrachos quedaba reducido a un mero murmullo en el exterior. En lugar de avanzar directamente hacia allí se metió en uno de los pasadizos callejeros para aparecer en la parte trasera del edificio. Desgastados por el tiempo y la humedad, los tablones de madera con los que estaban construídas las viviendas aparecían recubiertos por una fina capa de moho en las partes más cercanas al suelo. Al plantarse frente a la puerta de atrás los pies se le iluminaron con el resplandor amarillento que se colaba por la rendija de abajo. Posó una mano en el picaporte, lo giró y pasó a integrarse en la estancia como uno más. Ninguno de los comensales reparó con demasiado interés en su presencia; unos segundos de miradas desconfiadas bajo ceños fruncidos fue lo único que recibió. La persona que estaba buscando, y a la que vio sentada en una mesa con otros dos hombres, ni siquiera volvió el rostro al escuchar la puerta abrirse. "No debería estar aquí. No puedo hacerlo. Tengo que irme".

Pero era tarde para arrepentirse. Antes de darse cuenta sus pasos ya lo guiaban hacia el reducido grupo de parroquianos, que conversaban tan despreocupadamente. El estómago se le encogió y un temblor involuntario comenzó a extenderse por sus extremidades, mas aun así continuó andando. No tardó en notar dos pares de pupilas posándose hoscamente sobre él, el silencio haciendo aparición abruptamente como el embate de una ola contra las rocas, dispersando las palabras. El hombre que estaba sentado de espaldas a él, el que había ido a buscar, recién advirtió la extraña presencia e hizo amago de darse la vuelta, pero no tuvo tiempo. Con rápida deliberación, aquella figura que apenas llevaba un minuto en el local lo agarró por los cabellos y tiró violentamente de su cabeza hacia atrás, dejando al descubierto la garganta. "Es por ella. Por nosotros". Trazó una curva carmesí con el pequeño cuchillo, salpicando a los atónitos compañeros de la víctima con su sangre. El arma fue a parar debajo de una silla en cuanto la soltó. "Por nosotros..."

Se escabulló hacia la húmeda y oscura noche antes de que se escuchara el primer grito de horror.


A la mañana siguiente apenas quedaban jirones de niebla pálida enroscados en los árboles. La noticia había corrido como la pólvora en el Escuadrón, e incluso los que habían estado sirviendo en el turno de noche fueron levantados de sus camas para asistir a la sala de audiencias, donde se les comunicó oficialmente que Yoshimura Hiroto, Tercer Oficial y Teniente en funciones de la División, había sido asesinado durante la noche en una posada del Rukongai que frecuentaba, a manos de un desconocido. La única información disponible sobre el atacante era una vaga descripción física que dieron los testigos. Costaba asimilar que un simple Plus acabase con un shinigami de tanta experiencia, pero todos coincidían en que el ex-oficial se volvía muy imprudente en cuanto rebasaba su límite de tolerancia con el alcohol.

Anunciaron la ceremonia funeraria para esa misma tarde y exceptuando al resto de Oficiales, los demás volvieron a su rutina.

Wonderwall se las pira y ahora la palma su sustituto— comentó uno de los shinigamis que salían por la puerta—. Menuda racha de mierda llevamos los del Tercero, macho.

Hotaru, que caminaba tras el hombre, hizo esfuerzos por no soltar una carcajada.



__________________________

El humo ennegrecía el cielo. Se alzaba serpenteante desde varios focos, tratando de asir las estrellas con sus dedos manchados de hollín e impregnando el aire con su hedor. A medida que se adentraba, el bosque parecía extrañamente tranquilo, sumido en un silencio sobrenatural. Conocía de sobra el camino hacia el puente, pero el trayecto se le estaba haciendo eterno. Además, ¿de dónde habría salido aquel fuego? Le pareció ver un par de luces lejanas más adelante, del tamaño de dos calabazas, pero no eran del volumen suficiente como para originar toda esa humareda. Vagó por los senderos silvestres, asediada por aquella espantosa oscuridad que cada vez se hacía más profunda. Instintivamente suavizó sus pasos, comenzó a moverse con cautela. De vez en cuando alzaba la cabeza y dirigía una mirada al cielo, que se vislumbraba entre las ramas de los árboles. Tal vez era impresión suya, pero se sentía observada desde allá arriba.

"Espero que no estés jugando conmigo. Has sido tú el que me ha hecho venir"

Las hojas de un denso matorral se agitaron, a su espalda, haciendo que se detuviera. El estómago se le tensó en un nudo de ardiente expectativa. Muy despacio, sin darse la vuelta, llevó la mano derecha hacia el wakizashi que tenía apretado contra el fajín del uniforme. Fuera quien fuera esa presencia, cometió el error de arrojarse sobre la peliblanca y atacar. Hotaru esperó el tiempo justo para poder apartarse en el debido momento, esquivando el filo del arma, que se clavó en el suelo.

¿Y tú quién coño eres?— preguntó, sin disimular su sorpesa. La figura, cubierta por una especie de armadura samurai, tenía la cabeza oculta bajo un casco que parecía la testa de un demonio. El cuero que unía las piezas estaba desgastado, y la laca roja que embellecía el hierro había saltado en algunas partes. También tenía diversos arañazos y abolladuras—. ¿Qué haces aquí? ¿De dónde has salido?

Su silencioso oponente arrancó la katana de la tierra, levantando algunas briznas de césped. Antes de que estas tocasen el suelo en su liviana caída, el aterrador samurai volvía a precipitarse sobre ella, descargando la parte afilada de la espada en dirección a su torso. En lugar de retroceder la shinigami saltó contra él, aprovechando que el sable que empuñaba era más corto, y por lo tanto, más rápido. Aunque consiguió alcanzarle la armadura impidió que llegara a herirle gravemente; sintió el duro metal estremecerse bajo la hoja, y el cuerpo de su adversario virar ligeramente hacia la izquierda. Una risita metálica le enervó los nervios, y golpeó por segunda vez, en esta ocasión con tanta fuerza que los músculos del brazo se le resintieron.

¡Deja de reírte de mi, hijo de puta!

Estuvieron intercambiando algunos golpes más, ella interceptando los cortes o esquivándolos, él permitiendo que le alcanzasen. Si en un primer momento Hotaru pensó que estaba ganando ventaja, pronto se dio cuenta de que a pesar de la frenética pelea parecía ser la única cansada de los dos. ¿Cómo era posible? Esa armadura debería pesarle una barbaridad. Y cada vez que ella gritaba de rabia, cada vez que la ira y la frustración crecían dentro suyo, los ataques dirigidos hacia ella cobraban potencia.
"No ha conseguido hacerme sangrar, joder. No pienso perder de esta manera".
Eludió el trayecto de un tajo destinado a rebanarle la cabeza y retrocedió en varios saltos hasta sentir la piel rugosa de la corteza de un árbol contra la espalda. El pecho le subía y bajaba a causa de la agitada respiración.

¿A qué esperas?— jadeó, apretando la empuñadura del wakizashi hasta que se hizo daño— ¡Ven a por mi si tienes cojones!

No tenía forma de averiguar qué expresión se ocultaba bajo la máscara, pero la provocación debió surtir efecto de alguna forma, pues le vio adoptar postura ofensiva, separando las piernas y llevando la katana hacia atrás. "Ven. Aquí te espero. No pienso moverme".
Pero en cuanto lo tuvo encima se apartó, permitiendo que fuera la madera del árbol quien se tragase el acero en su lugar. La hoja había dejado un surco de dos palmos antes de quedarse atascada. "¡Ahora o nunca!". Se cernió sobre la armadura, dándole tal empellón que le hizo trastabillar unos pasos, haciendo vacilar su equilibrio. Fueron unos segundos de confusa lucha en los que se hizo varios cortes superficiales en la mano con los bordes de las placas metálicas, sin soltar el cuerpo tan bien escudado tras estas, hasta que por fin, arañando el casco y asiéndose a uno de los cuernos, consiguió obligarle a torcer el cuello lo suficiente para dejar una rendija desprotejida, donde enterró la punta del wakizashi profundamente. La sangre salió disparada con un surtidor, bañándole el rostro y salpicándole en el pecho. Durante un instante los sentimientos de triunfo y euforia fueron tan grandes que habría querido gritar.

Al siguiente, el cuerpo comenzó a arder espontáneamente, y tanto el cadáver como la shinigami quedaron presos de las llamas.



__________________________
Cuando se abrió la puerta del dormitorio, con el chorro de luz proviniente del pasillo y las conversaciones aisladas que se daban lugar en otras habitaciones cercanas, también se asomó un esbelto joven con los cabellos del color de las glicinas. Su rostro noble, de ojos pálidos y boca astuta, describió una expresión determinada al encontrar la silueta de Hotaru en la penumbra. Esta se encontraba acurrucada sobre el futón, semidesnuda, con los pechos apretados contra la almohada que abrazaba y la sábana enroscada en torno a la cintura. El sonido que provocó el panel shoji topando con el marco de la puerta al cerrarse consiguió hacer que se despertase sobresaltada.

¿Ah...? ¿Akio?— pestañeó, relajando su postura al reconocer a su compañero de cuarto, que permanecía de pie sobre el tatami. Emitió un suspiro prolongado y volvió a dejar caer la cabeza sobre el mullido edredón de plumas—. No vendrás a decirme que me han cambiado el horario de patrullas y tengo que irme a algún sitio, ¿verdad? No he podido dormir nada bien; estaba teniendo un sueño rarísimo...

Levántate.

Una palabra no debería tener el poder de encoger el corazón de nadie por si sola. ¿Por qué en ese momento fue así?
Alzó el rostro despacio, prudentemente, para poder mirar al hombre. Ante la escasez de luz no podía estar segura de lo que veía, pero los ojos de Akio la observaban como si fuese una extraña para él.

Levántate y vístete, Hotaru— insistió. Su tono tenía la dureza de una piedra—. Tenemos que hablar.

Demasiado confusa para no obedecer, la mujer de cabellos rizados hizo a un lado la ropa de cama y buscó las prendas que había lanzado al suelo la noche anterior al desnudarse, antes de irse a dormir. Se las puso allí mismo, consciente de que el otro shinigami no se había movido del lugar. Cuando se levantó para recoger el futón y guardarlo en el armario sí se acercó a ayudarla, pero el silencio entre ellos era tan tenso que comenzó a preocuparse de que realmente hubiese sucedido algo malo. Lo observó parado a su lado cuando terminaron; tenía una mano apoyada sobre la puerta corrediza que acababa de cerrar, y los ojos fijos en los colibríes pintados.

Bueno, dime una vez qué pasa, joder— exigió cuando no pudo aguantar tanta expectación. Sonrió de lado y trató de quitarle hierro al asunto con una pequeña broma— ¿Es que de repente has descubierto que ya no te van las pollas y te me vas a declarar o qué?

Él se tomó tiempo para contestar. Luego habló, con voz queda y grave.

¿Qué tienes que decirme sobre la muerte de Yoshimura-dono?

El gesto alegre de sus labios empezó a perder seguridad.

¿De quién?

Akio volvió el rostro hacia ella en un ademán tan repentino que hizo mecer sus largos cabellos. Hotaru le sostuvo la mirada, sin poder creerse lo que estaba reconociendo en la postura corporal del hombre, en su tono de voz y la forma de observarla.
No... debían ser imaginaciones suyas.

Tercer Oficial Yoshimura Hiroto— aclaró—.  Después de que relevaran a Wonderwall del cargo lo dejaron como su sustituto temporal, hasta el momento en que nombrasen a un nuevo Teniente.

Ah, ese. Con tanto funeral se me olvidan los nombres. Lo mataron en una pelea de borrachos hace unos meses, ¿no es así? Creo que escuché algo del estilo.

Se había quedado de nuevo en silencio, soberbio y elegante incluso con el uniforme de servicio, cosa que la exasperaba. Sus reflexiones, sean las que fueren, le hicieron nacer una pequeña arruga en el entrecejo.

Has sido tú, ¿verdad?

Nunca había empleado ese tono con ella, y la sorpresa provocó que se sobrecogiera un poco al darse cuenta de lo enfadado que estaba, de esa furia gélida que le bailaba en el fondo de los ojos. Pero rápidamente alzó la barbilla, recordándose que no era ninguna niña que tuviera que sentirse atemorizada al recibir la reprimenda de un adulto.

¿Tú eres gilipollas o qué te pasa? Espero por tu bien que no estés insinuando lo que yo creo.

¡No te va a funcionar hacerte la ofendida, Hotaru!— el rostro se le encendió por la indignación y la voz le salió más alta de lo habitual en él—. He visto demasiadas veces cómo te las arreglas para evitar las conversaciones que no te convienen, y te conozco demasiado bien como para que te pueda funcionar conmigo. Ni las sonrisas sobradas de ti misma, ni pretender hacerte la estúpida o la enfadada te va a servir. A mi con esas no, porque te he aguantado muchas cosas como para soportar que a estas alturas me trates como a otro idiota al que poder engañar o darle excusas baratas.

Recibió la explosiva amonestación con el rostro transfigurado en una máscara de estupor. Se sintió repentinamente vulnerable y tragó saliva antes de hablar, tratando de sortear el nudo que se le había cerrado en la garganta.

¿Y qué si fuese cosa mía?— respondió, esperando haber sonado lo suficientemente retadora— ¿Qué ibas a hacer? No te recomiendo estar a malas conmigo.

Akio parecía furioso e incrédulo.

¿Vas a responderme así, con prepotencia y amenazas? ¿En serio? ¿Es que no te avergüenzas por lo que has hecho?

Puedo sentirme más orgullosa que tú de lo que he hecho con mi vida, eso está claro.

La golpeó en la mejilla con el dorso de la mano, arrancándole un involuntario gemido de dolor. Con el rostro todavía girado a causa de la bofetada y los ojos desmesuradamente abiertos fijos en el tatami, Hotaru hizo acopio de todas sus reservas de autocontrol para no desbordarse en aquel momento. Respiró hondo y ladeó el cuello, observándole con simulada frialdad entre los rizos blancos que le caían sobre los ojos. El rostro le palpitaba acalorado allí donde él le pegó.

El mundo te tiende la mano y tú sólo sabes responder mordiendo ¿Por qué tienes que ser así, maldita sea? Me importas y quiero ayudarte.

Si eso fuera cierto no estarías aquí reprochándome nada.

En eso no consiste la amistad, Hotaru. Si te dejo pasar todo, si me desentiendo cuando haces las cosas mal para evitarme discusiones contigo, no habrá nadie que te pare los pies y acabarás siendo arrastrada por tus propias acciones; acabarás siendo no más que una triste, cruda y retorcida chiquilla que se pudre hasta la médula.

Experimentó deseos de ser ella quien le golpease esta vez, pero no fue capaz. Se sentía desconsolada y no entendía porqué. Jamás había permitido que nadie le hiciese daño de esa manera, y ahí estaba Akio mandándolo todo a la mierda en un momento.

No necesito que nadie me cuide las espaldas, ¿te enteras? Me las apaño muy bien sola. Así que ya puedes dejar de recriminarme como si fueras mi padre, porque en primer lugar yo nunca te he pedido que estuvieras a mi lado.

Hotaru, por favor... Por una vez no seas estúpida y confía en alguien. No voy a denunciar lo que has hecho, pero tienes que ser consciente de que estás perdiendo el control sobre ti misma.

Se acercó a ella y le puso una mano en el hombro. Quiso abrazarlo y reclamar su consuelo, por una vez. Pero era algo que la persona en la que había decidido convertirse jamás haría.

Desde luego que no vas a denunciarme; alguien podría enterarse de quién fuíste antes de llegar aquí— le dirigió una sonrisa retorcida. Comprendió que estaba lastimando a la única persona que quizá sí se preocupaba por ella de verdad, y no quería. Pero sí quería—. Todos tenemos secretos, Akio. Si yo me hundo te arrastro conmigo.

Leyó la incredulidad en sus ojos; leyó: "¿Cómo he podido quererte alguna vez?". Se apartó como si de pronto el contacto de ella quemase.

Eres lamentable. Me intereso por ti, me molesto en preguntarte porque me importas, y esgrimes mi pasado como un arma con la que hacerme daño, con la que mantenerme alejado de ti. Pues bien; si eso quieres, eso tendrás— prometió. En sus pupilas había una decepción amarga cuando la miró a los ojos. Algo que no pudo reconocer se desgarró en el interior de la shinigami, algo que fue tan doloroso como un latigazo—. Sabía lo egoísta que eras, sabía lo cruel que podías llegar a ser, pero no imaginé que serías perversa hasta este punto. ¡No me pediste que estuviese a tu lado, es verdad! Pero lo estuve, Hotaru. Y ya me he cansado de que me menosprecies. A partir de ahora estás sola, justo como querías.

Contempló sus cabellos violetas, larguísimos, y el rostro atractivo y glacial. Tal vez pudo haber hecho alguna cosa, decir algo para demostrar que estaba arrepentida, pero aun siendo consciente de que Akio desaparecería de su vida, no lo detuvo. Era demasiado orgullosa.
El hombre abrió la puerta del dormitorio y se detuvo en el umbral.

Si sigues ganándote enemigos de esta manera, puede que llegue el día en el que te los encuentres en un lugar muy pequeño del que no puedas escapar.

La habitación permaneció en silencio cuando se marchó. Sin duda, Hotaru se había quedado completamente sola.


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Re: A la larga, la máscara se convierte en el rostro

Mensaje por Kawasumi Hotaru el Dom Nov 18, 2012 5:06 pm

Quieta, inmóvil, el viento le enredaba el hakama harapiento en los tobillos. Sobre su cabeza, un cielo de amanecer, plagado de nubes rizadas del color de la sangre, parecía reflejar el resultado de las luchas que se libraron en la noche que ya huía como una bandada de cuervos aterrados. A lo lejos se escuchaban gritos. Gritos de agonía, de rabia y de temor. Quizá se había alejado demasiado del grupo.
El hollow dio un paso más hacia ella, con precaución. Tenía ojos pequeños y astutos, demasiado lúcidos como para no ser más que una bestia impulsada por sus instintos. Los músculos parecían en tensión, y Hotaru sabía que era cuestión de segundos que se lanzase a por ella. Hizo girar la cadena de la kusarigama sobre su cabeza, dejando una estela de fuego azul cobalto en el aire, antes de arrojar el contrapeso contra la criatura, que lo esquivó ejecutando un salto lateral. El bicho abrió la boca y lanzó un siseo molesto, pero se quedó en el sitio. Pronto entendió porqué.

El rumor de las patas sonando contra la tierra era apenas perceptible, pero lo oyó. Se mantuvo alerta hasta que los vio llegar, con las calaveras blancas ocultando sus verdaderos rostros. Eran tres, cuatro si contaba al que los había llamado. Se le pasó por la cabeza que quizá ahí terminaba todo; estaba cansada por haberse pasado horas peleando contra esos hijos de puta que habían asaltado la zona Este del Rukongai, había malgastado mucho reiatsu activando su shikai y usando técnicas de kido, por no mencionar que también estaba herida. Todo era tan jodidamente perfecto que hasta le entraron ganas de reírse.

Que os den por culo, yo me largo de aquí— murmuró, comenzando a dibujar en el aire un símbolo con su mano izquierda. Recitó con claridad, concentrando una buena cantidad de energía espiritual en la palma de su mano—: ¡Disfraz de sangre y carne, sueño retorcido, aquél que ostenta el nombre de Verdugo! ¡Las campanas anuncian el final para la ruidosa horda de cadáveres! Hado 32:Okasen!

Desató un haz de luz dorada con el que apuntó a los hollows, tan brillante que parecía contener una pequeña estrella en su núcleo. El encantamiento impactó contra el más cercano, pero después pareció descontrolarse y se dividió en varios segmentos de energía caótica que flagelaron ferozmente todo cuanto estuviera a su alcance, hasta consumirse.
La shinigami saltó sobre una montaña de escombros y corrió hacia donde se suponía que estarían sus compañeros. "Parte del saber ganar consiste en reconocer cuándo te conviene una retirada, ¿no? Además, no me serviría de nada morirme ahora mismo". Le llegaba el repugnante olor del aliento de los hollows que la rastreaban, parecido al de la basura que se deja todo un día bajo el sol. Se metió en el bosque para tratar de despistarlos, pero empezó a pensar que no fue la mejor idea del día. Las ramas le azotaban el rostro y trazaban surcos de sangre en sus brazos, se le enganchaban a la ropa como dedos que tratasen de retenerla para que sus perseguidores la alcanzaran. Las raíces también se lo estaban poniendo difícil, haciéndole tropezar cada dos por tres.

¡Aaaaah!—se le escapó el grito al caer en la trampa de un desnivel en el terreno que no había visto. Las hojas húmedas de rocío y barro amortiguaron en cierta medida el golpe, pero se tuvo que ayudar de unas matas de hiedra para ponerse en pie. Oyó a las criaturas llamarse entre ellas mediante gruñidos—. Maldición...

Avanzó a trompicones, sin idea de qué rumbo tomar, con el aliento entrecortado y la herida ardiéndole como si le hubiesen echado vino encima. Se vio obligada a ocultarse tras un enorme árbol torcido, de cuclillas y sin resuello, con la frente sudorosa apoyada en las rodillas. Se forzó a escuchar los otros ruídos que ocultaban los sonidos del bosque. Tenía que estar preparada para cuando la encontraran, tenía que tansformar su miedo en rabia, encauzarla para poder manejarla como un arma eficaz. Ladeó el rostro y el destello de la hoja de su kusarigama le hizo entrecerrar los ojos. "Shiro, ¿estás ahí?". El espíritu no contestó, pero lo notaba revolverse inquieto dentro de la zanpakutoh. "Hay que librarse de esos hollows. Tienes que transformarte en mi y atraerlos para que te persigan; así tendré una oportunidad para ir con los otros shinigamis. ¿Me has oído?". Esta vez tampoco dijo nada. Hotaru chasqueó la lengua y se asomó, con el cuerpo encogido y el cuello estirado, viendo aparecer por una esquina a dos de los monstruos. Les manaba saliva de las fauces de hueso, gotas densas y de un morado translúcido que al caer al suelo abrían agujeros llameantes sobre las hojas y la madera muerta. "Vamos allá".

Henbou— susurró, sin apartar los ojos de aquellas bestias. Notó que el mango de la hoz se sacudía y esperó que el tintineo de los eslabones no delatase su paradero. Aflojó los dedos y el arma se deslizó como la espuma de mar entre estos, para transformarse en ella. Era reconfortante sentir la calidez de las llamas contra la espalda; la presencia de su zanpakutoh cobrando forma humana ayudaba a que no se sintiera tan sola. "Un momento... ¿Qué es esto?" El reiatsu que empezó a copiar el suyo mutó de repente, oscureciéndose de forma amenazadora, y una fragancia sugestiva y acaramelada la envolvió como una nube de incienso. "¡No puede ser verdad!" chilló la voz histérica de su razón al reconocerla. El pánico la invadió y crispó los dedos sobre la corteza áspera del tronco, sin atreverse a mover un solo músculo.

"Esto no puede estar pasando..."

__________________________


Era una tarde fría y húmeda. Las nubes que llegaban del oeste eran un tamiz que dejaba pasar los rayos de sol en ridículas cantidades. El patio estaba en silencio, sólo acompañado por la altivez impersonal del jardín que rellenaba los espacios de forma estudiada. Hotaru lanzó una mirada a los parterres de dalias y tulipanes, que se mecían al compás de la suave brisa que se insinuaba entre las flores. La sensación de mareo le regresó a la boca del estómago y tuvo que seguir adelante, tratando de que sus pasos rápidos no se transformasen en una carrera desesperada. Los edificios ya se veían, sobrios y con las paredes pintadas en tonos fríos. Todo en la Novena Sección, se dijo la shinigami mientras los observaba, desde el cuartel hasta la gente, parecía sometido a una estructura muy rígida. No le extrañaba que aquellos fueran los dominios del glacial Teniente Kuchiki.

Frente a ella se alzaba ahora una ancha escalera de baldosas grises. Subió los escalones, dio aproximadamente cinco pasos y tuvo que pegar media vuelta y volverlos a bajar. No podía hacerlo. No, no podía. Buscó con mirada ansiosa y halló un banco de madera hacia el que se precipitó, dejándose caer sobre él con aire afligido. La única persona con la que quizá podría hablar del tema resultaba ser alguien a quien además detestaba profundamente. Tal y como habían ido las cosas entre ellos dos, era ridículo pensar que podría pedirle ayuda pero, entonces, ¿qué opción le quedaba? Ni siquiera tenía ya a Akio para contarle cómo se sentía. Se había quedado sola. "Él tenía razón, he acabado por alejar a todos" se mordió el labio inferior, reprimiendo un escalofrío al no sentir el peso de la odachi en la espalda. "Ni siquiera puedo contar ya con que Shiro esté a mi lado".

Sumimasen— a pesar de que la voz sonó tan suave y sosegada como la de un monje budista, se sobresaltó. Al alzar el rostro encontró a un hombre de avanzada edad a unos cuantos pasos del banco, observándola con expresión afable—. ¿Necesitas encontrar a alguien, joven?

Tenía el cabello ya gris y escaso por los años, y un rostro que en cierto modo inspiraba confianza. En lo primero que reparó la mujer fue en el uniforme negro y la katana atada al obi del anciano, por lo que debía tratarse de otro shinigami. Hotaru lo observó con recelo, sin contestarle. ¿Por qué se había acercado hasta ella? ¿Sería algún viejo verde o la recordaría de algún castigo? El hombre se cubrió los labios con un pañuelo y comenzó a toser enérgicamente.

¿Te estás muriendo o algo?— preguntó alzando una ceja, viendo que las toses provocaban que los hombros del shinigami se sacudiesen. Cuando el ataque cesó, este se pasó el trozo de tela por la boca y lo guardó en su bolsillo. A pesar de la descortesía de la peliblanca, volvía a mostrarse sonriente. Hotaru sintió una punzada de culpabilidad y desvió la mirada—. Estaba dando un paseo.

Ah, ya veo— asintió con suavidad. Sus ojos siguieron el trayecto que marcaban los de color verde, fijos en un pequeño gorrión que recorría los adoquines de brinco en brinco. Las ramas de los árboles se balanceaban con un murmullo tranquilo y el aire olía a césped mojado. Hotaru deseó que se marchase, o que al menos dijera algo más. Finalmente no pudo soportar tanto silencio y se puso en pie. Él la observó darle la espalda y buscar con la mirada la dirección por la que se salía de los terrenos de la Novena División—. Soy Saitō Wataru, trabajo en este Escuadrón ¿Cuál es tu nombre?

Kawasumi Hotaru. Estoy en el Tercero— respondió, tras meditar si sería prudente decirlo. Había girado el cuello para someterlo a un segundo examen visual. De nuevo le sobrevino la duda de si se conocerían de algo—. Bueno, tengo que irme.

Hizo un ademán de despedida con la cabeza y todavía se lo quedó mirando unos segundos más. Saitō Wataru, con una mano oculta en cada manga a la altura del pecho, dobló la cintura para responder al saludo.

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Re: A la larga, la máscara se convierte en el rostro

Mensaje por Kawasumi Hotaru el Dom Nov 18, 2012 5:23 pm

Las llamas rasgaban el cielo como una herida abierta en mitad del bosque. El fuego se reflejaba en las aguas del río con tal intensidad que daba la impresión de que este también estuviera ardiendo.

¡Dijiste que te marcharías y nos dejarías en paz!

Vaya... ¿Eso dije? Bueno, te mentí. No me dirás que te sorprende; es tu propia forma de expresarte con el mundo, ya deberías estar familiarizada— rió maliciosa la voz tras la armadura metálica. Suspiró y la apuntó con la espada desnuda, que había estado apoyada sobre una de sus hombreras de hierro—. En fin, pequeña zorra, ven aquí. Quiero cortarte ese cuello precioso que tienes.

El viento sopló con fuerza, y las llamaradas que mantenían confinada la oscuridad de la noche comenzaron a formar remolinos.


__________________________

Siempre pensé que la cosa acabaría cuando uno de los dos matase al otro o... Yo que sé— resopló y acabó revolviéndose la cabellera blanca, con gesto de impotencia—. Pero no es que le eche de menos. Sólo que... nunca creí que Lyra desaparecería sin más. Ni siquiera se ha despedido; podría haber tenido la puta decencia de dejarme opinar, ¿no te parece? Es un cabrón arrogante hasta el final. Teníamos cosas pendientes.

Ya era casi de noche y en el aire se adivinaba el olor dulzón de las flores nocturnas. Hotaru aspiró con delicia ese aroma y el del tabaco que estaba fumando el otro shinigami. Él estaba sentado con la espalda recta en el banco, con la boquilla de la pipa larga entre los dientes, y aunque miraba hacia el cielo, la mujer sabía que la escuchaba con atención.

¿Realmente habrías querido matar a ese hombre?

Con las piernas cruzadas sobre el cesped, se sentía un poco como una niña pequeña sentada a los pies de su abuelo, esperando a que le narrara algún cuento antes de irse a dormir.

Mejor eso que estar al lado equivocado de la espada.

Cualquier extremo de un arma es el extremo equivocado, Hotaru— respondió sosegado, sin ningún matiz de reproche en la voz. Se fijó en que también él tenía los ojos verdes, pero de un tono más pálido, como el de las uvas que todavía tienen que madurar. La piel que los rodeaba, sin embargo, estaba llena de pliegues por las arrugas. "Eso es porque sonríe mucho", se le ocurrió. "Y también porque es viejo, claro"—. Hoy tampoco has traído tu zanpakutoh— comentó Wataru, provocando que se removiera incómoda desde su lugar en la hierba—. No siempre es fácil entenderse con tu compañero de viaje. Algunos conectan nada más presentarse; otros, en cambio, necesitan conocerse durante el camino para entender al otro.

Ya, bueno...— no quería hablar sobre Shirobi, y menos en aquel momento, cuando por fin había logrado desconectar un poco y relajarse—. Oye, Saitō, ¿no conoces ninguna historia?

Los ojos del anciano volvieron a posarse en ella, y elevó una pizca la comisura del labio en algo que podría interpretarse como una sonrisa.

Conozco unas pocas. ¿Te gustaría escuchar alguna?

Observó las curiosas formas que adoptaba la nube de humo que flotaba sobre la cabeza del anciano, mientras fingía que se lo pensaba.

Una que acabe bien.



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¿Shinigami-san?

Las frutas, demasiado maduras, habían caído del árbol e iban pudriéndose en el suelo. La pulpa se había derramado como una mancha de sangre y vísceras, y el olor dulzón que desprendía hacía que se sintiera enferma. "Realmente debo estarlo".
Cerró los ojos porque no quería ver cómo se acercaba y se acuclillaba en el suelo para estar a su altura. Un dedo del hombre dibujó en silencio la curva de su rodilla medio flexionada y ella la encogió de inmediato, apartándola de su alcance. Lo escuchó suspirar.

Shinigami-san. ¿De qué tienes miedo?— preguntó con una voz increíblemente agradable, como un arrullo. Aun sin verle, el magnetismo que desprendía su aura hacía que se le erizase la piel—. Pues si no piensas contestarme...

Los dedos se cerraron en sus rizos y la obligaron a levantarse junto a él de un tirón. Habría querido resistirse, pero en esos momentos tenía las mismas fuerzas que una muñeca de trapo. El joven la estrelló contra el muro con una fuerza que le robó el aliento por un instante, y la apretó con su propio cuerpo para que no se moviera. Hotaru podía notar su respiración en las mejillas. "¿Cómo detengo esto?". Buscó la respuesta en sí misma, pero no la halló.

Deberías al menos poder mirarme a los ojos... Hotaru.

Escuchar su nombre en la voz de ese tipo le provocaba un inexplicable efecto de excitación, lo cual era absurdo, puesto que ni siquiera él era él. Tomó aire con fuerza y maldijo. "Hasta huele igual".
El Arrancar le apartó el cabello y acercó los labios al lóbulo de su oreja.

A veces uno se horroriza al descubrirse a sí mismo en otro, ¿verdad?—. El susurro insidioso de Hideyori Taira, suave e hipnótico, se escurrió en su oído como si compartiera un secreto—. ¿Acaso es lo que te sucede conmigo?


__________________________
En el exterior, la noche negra y húmeda de lluvia no mostraba más que sombras. Su reflejo parecía un fantasma pálido que hubiese quedado atrapado para siempre al otro lado del cristal. Estrujó el papel de la carta entre los dedos y su cuerpo se convulsionó con un sollozo repentino.

"¡Maldita sea!"

Las lágrimas abordaron su rostro con un goteo amargo, caliente. Afuera, la tormenta restalló con un trueno.

Saitō...

Aquella misma tarde, hacía tan solo unas horas, se enteró de que había muerto.



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La madera ardía con una luz fiera y hambrienta. Su crepitar recordaba al sonido de los huesos astillándose. El calor hacía vibrar el aire, retorcerse las imágenes como si estuvieran derritiéndose o siendo vistas a través de un velo de lágrimas.

El fuego es así...

Hotaru observó el desolador paisaje de su mundo espiritual, con el cabello y las ropas cubiertos de llamas palpitantes, negras y carmesíes. Una sonrisa amenazadora aleteó en sus labios.

... Ama a quienes no le tienen miedo.




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Chiesa encontró a la mujer sentada en el sillón de su despacho, con las piernas sobre la mesa, cruzadas a la altura de los tobillos, y aparentemente disfrutando de los colores difuminados por el ocaso que pintaba el lienzo celeste. Al Capitán no pareció extrañarle que estuviera allí, ni tampoco ver la botella de alcohol abierta y el vaso casi lleno que sostenía en una mano.

Pensaba que con tu despacho de Teniente tenías suficiente, Hoto-chan— comentó con su habitual sonrisa. La aludida por fin reparó en él y, en lugar de bajar los pies del escritorio o al menos tener la decencia de sonrojarse, se rascó un lado de la nariz y encogió los hombros.

Me gustan más las vistas de este.

Rió divertido y se situó frente a la licorera para servirse una copa. Debía ser de los pocos shinigamis que podían presumir de tener vodka y ginebra en su propia oficina.

¿Querías verme por alguna razón o sólo has venido a beber?

Me preguntaba sobre la Cámara.

El rostro repentinamente serio del hombre se hizo visible para Hotaru cuando este se dio la vuelta, con una mano metida en el bolsillo del haori. Dio un trago largo a su copa y suspiró antes de responderle.

Veremos qué nos depara este cruce de caminos. ¿De acuerdo?

Los ojos audaces y descarados de la Teniente centellearon, captando el mensaje. Un escalofrío de excitación le recorrió la espalda. Por fin algo de diversión.
Se puso en pie y apuró el licor de camino a la salida.

¿Ya te vas?— preguntó Chiesa, sacando la mano del bolsillo para coger el vaso vacío que le tendió al pasar por su lado.

Sí, tengo que ver a alguien.

La sonrisa que le obsequió tenía algo de traviesa. Por un momento se sintió tentado de acompañar a ese torbellino de mujer en la aventura que estuviese planeando para esa noche, pero recordó que además de los asuntos que debía atender como Capitán, tenía otros tal vez incluso más importantes de los que tenía que hacerse cargo. Suspiró, sintiéndose con más años encima de los que le correspondían.

Diviértete por los dos, Hoto-chan. Cuidado con excederte.

Su risa cascabeleó en el umbral de la puerta.

Bah, si no lo hago ahora, ¿entonces cuándo?


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Kawasumi Hotaru
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Re: A la larga, la máscara se convierte en el rostro

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