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El Telón de Acero

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El Telón de Acero

Mensaje por Otsuka Isono el Vie Nov 16, 2012 10:15 pm

Corre, corre hasta que sientas como el aire te abrasa las entrañas. La carne no es un impedimento, no hay razón para otorgarle el beneplácito de la conformidad. Todos los obstáculos no son más que barreras que puedes saltar si realmente deseas alcanzar esa gloria. Imagina cuanto podrías ostentar con ello... Poder, destreza, fuerza, convicción, solidez, confianza... Sabiduría... El camino no es más que otro obstáculo más. Ve a por él. Míralo como un enemigo más. Ya sabes como son, los has visto, los has matado y contemplado su sangre en tu piel... La carne es blanda pero el poder es eterno.

Observa a lo lejos... La torre no está lejos, las ruinas no son tan altas; puedes alcanzarme si quisieras, podrías tomar lo que por derecho es tuyo y lo sabes. Éste páramo gris y lluvioso es lo que tu has creado, tu propio imaginario comienza a jugarte malas pasadas porque aún no has aprendido a salir adelante con tus propios pies. Has sufrido y sangrado como cualquier otro luchador, puedes conseguir poder. Debes hacerlo, Isono. La naturaleza de las cosas estancas no va con nosotros, no es parte de nuestra esencia porque nosotros mismos, somos esa llave que pone fin al flujo natural de la vida, de la energía que mueve el mundo. Quiero entregarte mis dones, Isono, más que nunca quiero que seamos uno, pero has de luchar por ello. Vine a ti porque eras lo que buscaba, ahora, yo busco esa respuesta recíproca. Soy tu compañero, confió en ti y tú en mí. Álzate, has llegado muy lejos... Puedes ir a donde desees, tienes carácter y entereza para ello.


La tierra gris se extiende infinita ante los ojos entrecerrados de la mujer, el páramo no parece tener fin alguno. El camino serpeteaba entre ruinas cubiertas de moho y salpicaduras de sangre que, pese a la constante lluvia no desaparecían. A lo lejos, la torre de piedra maciza se alzaba tétrica y oscura sobre un cielo brillante y luminoso, reflejo de la naturaleza cambiante y dual de Sangeki. El vaho brotaba apresurado de su garganta conforme apretaba el paso.

Corre como si desearás volar. Estás muy cerca.

Me quemo...

No, no te quemas. El aire está frío, la lluvia no cesa jamás podrías quemarte.

Me estás ahogando, Sangeki...


No soy yo quien te ahoga... Eres tú, eres tu quien se aprieta la garganta.

Entonces Isono, en mitad de su desesperada carrera se percató de ello. Finos dedos de ónice se cerraban alrededor de su garganta, apretándola. Isono trató de zafarse como buenamente podía. Cuando se quitó el lastre de encima, contempló con horror un fiel reflejo de sí misma, piel de negra como la noche, sus mismos rasgos, sus mismos ademanes; los ojos de aquella Isono desprendían un odio frío y lacerante bajo una mirada roja como la sangre; el cabello níveo caía pesadamente sobre su espalda perlado de lluvia. Vestía ropas blancas similares al uniforme de shinigami, sin mangas y de una única pieza, alrededor del cuello una cadera de gélido acero descendía hasta su zampakutou; en la mano izquiera, una pulsera de cuentas blancas y negras. La espada de aquella Isono estaba sellada por sí misma. El peligro no era real y sin embargo, pese a las cadenas, había estado cerca de estrangularla.

No puede ser... No puedo ser yo...

Los ojos felinos de Isono contemplaron con horror a aquel ser igual a sí misma, que ni siquiera parpadeaba. Había clavado sus ojos rojos en ella, sin mover un ápice su expresión adusta.

Lo es. La cadena aún la tiene atrapada pero cada día se hace más fuerte.


¿Por qué, Sangeki?

Así lo has deseado, Isono. Ella es el odio y el rencor que guardas para ti misma, pese a todo lo que has pasado y vivido, sigues sin asumir la situación que vives. Y eso, la hace más fuerte. Te refugias en su odio porque evitas así que el dolor te medre, pero tarde o temprano te dará caza. Ella eres tú, tu refugio seguro no es más que una visión abominable de ti misma... Mírala, podría matar a cualquiera sin preguntarse si es o no honorable siempre que con eso consiga sobrevivir; podría aniquilar a toda una legión por salvar a una única persona y seguir igual de tranquila; su pulso no tiembla, su decisión no vacila. Es acero, gélido acero. No tiene más códigos que su propio deseo... ¿Has seguido tus deseos alguna vez? No, Isono.... Jamás. Has buscado lo correcto, lo idóneo pero jamás has buscado un equilibrio pese a haberlo necesitado... Le has dado fuerza y ahora, es tu mayor cazadora.

Corre como si desearas volar, Isono... O no podrás salir viva de aquí.


El grito retumbó en el silencio de la casona. La puerta por suerte estaba cerrada a cal y canto. Los guardianes de aquel salón vigilanban en silencio a la mujer, quien sentada en mitad de la sala, con las piernas cruzadas y su zampakutou en la mano había estado en profunda meditación. A su diestra, una segunda katana, de guarda color verde oscuro y empuñadura con una magnolia grabada de frío acero gris. Isono tragó con dificultad. Se pasó una mano por el cabello, perlado de sudor en la frente. La visión de su propio mundo interior había sido horrible hasta el punto de sentir aún los fríos dedos de aquella otra Isono en su garganta.

Se puso en pie con pesadez, con cansancio incluso. Contempló la habitación de las armaduras de la familia, todas ellas estoicas y sobrias. Isono bajó la mirada y negó para sí misma.

Creías que buscabas algún atisbo de felicidad, creías que lo tenías cerca, chica... Pero estás anclada... Tiene razón, siempre la tiene...

Isono salió de la habitación con paso ligero enfundando ambas armas en el cinto.

No temas, no quiero tu fin. Juntas podrías hacer que lo imposible fuera real... Todo, mi querida Isono, todo.
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