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Y tú, mi luz, llegaste a mi vida

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Y tú, mi luz, llegaste a mi vida

Mensaje por Akiyama Yuka el Miér Nov 14, 2012 7:59 am

Probablemente la profesora de Historia de la Academia shinigami, la siempre educada Akiyama sensei, fuese una de las personas que más notase el paso del tiempo. Para empezar, su situación civil había cambiado, había pasado de ser la prometida de un noble de primera clase a convertirse en su esposa, pasar a llamarse Hokori Yuka había sido relativamente traumático para ella.

Aunque seguía dando sus clases y acudía de seguido al Escuadrón, pero ya no dormía allí y pasaba mucho menos tiempo en su adorada biblioteca. No es que su marido la restringiese de modo alguno, pero una parte de ella sentía que debía estar con él, a su lado. A fin de cuentas una promesa era una promesa, por mucho que cuando mirase a los ojos a su rubio esposo no sintiese las mariposas en el estómago que volvían a ella cada vez que se encontraba con otras esferas azuladas (que tan poco veía) lo peor del asunto era que Kin´iro había demostrado ser una persona excelente, un marido ejemplar y un padre espléndido, porque los niños acabaron por llegar.

En la época a la que nos remontamos, Yuka había sido madre de un niño de cuatro años, se llama Shun y es igualito a su progenitora, aunque está aprendiendo a leer, la esposa no duda que pronto los libros se convertirán en sus grandes aliados. Además de sus clases (Kin´iro siempre se queja de lo blanda que es su mujer con el crío), Shun también está aprendiendo el arte de la guerra, como todo heredero noble que se precie.

Con el paso del tiempo si bien Yuka no había llegado a amar a su esposo, se había formado un vínculo de cariño entre ellos que ni siquiera ella podía negar, se comprendían a más niveles de los que pensó en un principio y eso hacía las cosas algo más sencillas, a pesar de la situación. Probablemente fuera esto en lo que pensara la docente cuando su hijo se acercó corriendo por el pasillo y se abalanzó sobre ella, aún iba vestida de shinigami y llevaba el cabello recogido en un moño, sonrió y acarició el rubio cabello de su pequeño, recordando como había le había abultado la tripa el uniforme cuando estaba embarazada de él.

- Mami… mami… mami...
- Hola, cielo, ¿qué has hecho hoy?- aquel ritual se repetía cada tarde, cuando el capitán Chiesa la mandaba a casa y Yuka veía a su hijo.
- He aprendido unos kanjis- Shun cogió la mano de la joven y la llevó al cuarto donde practicaba caligrafía y en el que ella se sentó, casi cayó de culo, pero no le importó, su niño era muy entusiasta. Muy serio, el niño tomó el pincel y lo utilizó con precisión sobre un trozo de papel en blanco, después le mostró a la rubia el resultado: 母 el kanji de madre. La rubia lo abrazó y le besó en la frente, a lo que el niño la rodeó con sus pequeños brazos. Luego lo separó de sí para mirarlo, esos ojos no eran los de Kin´iro, y poco le importaba, porque los amaba por encima de todas las cosas.

Cuando su marido apareció por la puerta le sonrió e hizo ademán de levantarse, pero él acudió en su ayuda y aprovechó para apretar su cintura, ella negó con la cabeza, no volvía a estar embarazada. Él se encogió de hombros y depositó un casto beso en su mejilla. Aquellas eran las cosas de Kin´iro que Yuka adoraba a su manera. A pesar de todo lo que había luchado, las cosas no parecían ir tan mal como ella había pensado durante tanto tiempo. Su hijo era la alegría de su vida y se llevaba bien con su marido, nunca le prohibía nada y le daba toda la libertad que pedía, pero no era feliz, era incapaz de serlo y no sólo porque la persona de la que llevaba años enamorada ni siquiera estuviese ya en el mismo escuadrón de ella, pues había decidido alejarse, tenía miedo de sí misma, de explotar y acabar con el mundo a su alrededor.

Todo se remonta a una de sus últimas misiones cuando estaba soltera, durante la primera fase de la fusión de escuadrones les habían mandado a una misión al mundo humano y no pudo más que darle más mala espina, porque ya entonces temía perder el control, como ya ocurrió en sus tiempos en la Academia. Akuma no Hon vibraba en su mano, sedienta de sangre.

La contuvo cuanto pudo, apretando la espada, maldiciendo, hasta insultándola (cosa que poco o nada tenía que ver con el carácter de Yuka) pero la voluntad de aquel demonio de fuego pudo más que ella y la empujó al fondo de su conciencia, convirtiéndola en poco más que una vocecita molesta. La Yuka “malvada” liberó su shikai y se lanzó a la batalla, disfrutándola como una auténtica demente, acabó con cualquier hollow que se le cruzó en el camino y cuando uno de ellos (parecía una especie de insecto, con antenas, patas y alas traslúcidas) le dio más guerra de lo esperado, lo disfrutó con cada fibra de su anatomía.

Su parte racional luchaba por hacerse oír, por detener esa locura y ser ella la que se enfrentase contra aquella cosa, no aquel idiota vestido de rojo. En cualquier caso, la shinigami estaba teniendo un combate apasionante, acababa de arrancarle un ala a aquel monstruo y sonreía con malevolencia, con los ojos más desquiciados de los infiernos. Se disponía a dar el golpe final cuando algo la distrajo, algo que ni su despreciable Akuma no Hon pudo ignorar: Yuki estaba allí, la miraba desde unos metros de distancia. La razón regresó de golpe a la guerrera y su zampakutoh recobró su aspecto original. Con los ojos aún puestos en su amigo, la rubia recibió un tremendo zarpazo de la criatura que la hizo volar por el aire y acabar rodando por el suelo.

Cuando intentó levantarse, el enorme insecto estaba encima de ella e intentaba morderle el rostro. Ella chilló y el hollow le arrancó las gafas y volvió al ataque. En un intento desesperado por salvar su vida, Yuka levantó su arma y la clavó hasta el fondo en el abdomen de aquella criatura, que cayó de espaldas, dejando de empujarla debajo de su cuerpo gigantesco. La joven intentó levantarse, pero no podía hacerlo, una extraña parálisis se había apoderado de ella y no tenía nada que ver con Akuma no Hon, los lugares donde aquel ser la había golpeado tenían un extraño color morado que no presagiaba nada bueno.
- Ve…ne…no…- pudo decir antes de que los músculos de su garganta dejaran de funcionar. Cerró los ojos pensando que no tendría que preocuparse por ninguna boda o sus posibles reacciones en el siguiente combate.

No era la primera vez que visitaba las instalaciones del Escuadrón Jin y, como ya había pasado con anterioridad, sintió como el fracaso se apoderaba de todo su organismo, ¿qué demonios iba a ser de ella, si su demoníaca zampakutoh se volvía loca otra vez?, ¿qué iba a pensar su amigo, qué acababa de verla perder el control, y si le hacía daño? Se llevó la mano al rostro y se enjugó las lágrimas que resbalaban por sus pálidas mejillas, esto no era perder a un compañero o un conocido, perder a Yuki sería como perderse a sí misma. Él ni siquiera estaba por allí, aunque de pronto escuchó voces al otro lado de la puerta, y las reconoció, ¿cómo no hacerlo? Eran las de su chico nieve y su prometido, el siempre franco Hokori Kin´iro san.
- Yuk…- mejor no, así que decidió empezar de nuevo - ¡Hokori-san!- y su futuro esposo pareció teletransportarse, porque abrió la puerta de un tirón y se precipitó hasta ella, que ya intentaba buscar una excusa para retirarse, aunque él no le dio opción y la envolvió en un abrazo de lo más inadecuado. Por respuesta, ella le dio un golpe en el hombro, no es sólo que la avergonzase con esos detalles, además le dolía todo el cuerpo y que la apretasen de ese modo no le hacía una especial ilusión. Él la soltó y ella se reacomodó en la cama, con un ojo puesto en la puerta, aunque Yuki no apareció, no entonces.

Pero si lo hizo cuando de noche (y con unas gafas nuevas) la profesora leía un libro de poesía. Cuando él apareció, la joven no supo que decir, de manera que durante unos minutos se contentó con mirarle a los ojos, hasta reunir las fuerzas para contarle este y el anterior episodio en el que su destructiva zampakutoh había tomado el control.
- Tengo miedo de mí misma, Yuki- le confesó, cerrando el libro y dejándolo en una mesita que tenía al lado de la cama - ¿y si le hago daño a alguien y si…?- por un segundo dudó si debía terminar la frase, pero finalmente lo hizo - ¿… te hago daño a ti?- antes de que se pudiese echar a llorar, que era lo que más deseaba, él le acarició la mejilla y negó con la cabeza, todo iba a estar bien, como siempre. Cuando su mano se colocó sobre la de él se dijo que aquel era el momento, que debía acercarse y por fin asegurarle que estaba dispuesta a renunciar hasta a su nombre para estar con él. Tan claro lo tenía que se veía hasta con fuerzas de besarle, de enredar los dedos en ese cabello brillante. Dios… había pasado tanto tiempo anhelando conocer el sabor sus labios que estuvo a punto de desmayarse, pero el instante pasó. Pasó por culpa de una puerta que se abría y un shinigami que entraba con ciertos medicamentos que debía tomar Yuka.


La Yuka del presente suspiró y su hijo le tomó la mano con fuerza, mirándola con sus ojos claros y su media sonrisa.
- ¿Qué pasa, mamá?- ella negó con la cabeza y siguieron caminando, era hora de cenar. La mujer rezó para no empuñar la espada jamás frente a su hijo. Si la última vez que ocurrió, temía sobre todo por una persona, ahora temía por dos, nada iba a hacer infeliz a su pequeño, nada. Hacía tiempo que no veía a su amado, pero eso no significaba nada, las emociones seguían intactas. Aunque no pudo evitar mirar a Kin´iro, que la estudiaba con ternura en esos instantes.
- Yuka, ¿te encuentras bien?
- Si, claro, es que he olvidado un cuaderno en el escuadrón.
- ¿Era importante?
- No, claro que no.
- Sin problema entonces- y se subió al niño a los hombros. La mujer apretó los dientes cuando los vio marchar delante de ella. Si debía dejar de pelear para que su familia estuviera a salvo, estaba más que dispuesta a hacerlo.
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